Sin título nº 17

Sin título nº 17

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Published in: on 22 octubre 2009 at 14:58  Dejar un comentario  
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Sin título nº 16

Sin título nº 16

Published in: on 22 mayo 2009 at 12:19  Dejar un comentario  
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Despedida II

Partido en dos

Dejo el corazón en sus manos.

Se alimentará con la víscera negra

Y relucirá

Hermosa

Sobre la rama verde.

Se tragará mi espíritu

Con insaciable sed de inmortalidad.

Ella,

La siempre quieta y siempre en movimiento.

La que juega con el tiempo.

Maestra de saberes viejos,

Querrá absorberme con fruición.

Abrazándome,

Con impúdica maldad,

Querrá lamer mi alma.

Pero mi alma blanca ya está lejos.

Los novios la llevan en procesión

Por otros prados

Dónde no hay guardianes.

Dónde los secretos

Son las pesadillas de otros.

Desgajado,

Partido por la mitad,

Y aún vivo.

Canciones nuevas suenan en el bosque.

Otras serpientes

Se enroscan en otras ramas.

Mientras,

Sigue devorando

La negra noche

Que me regaló.

Vierte postreros recuerdos

Dónde sólo el vacío los recoge.

Inicia la sensual danza de los bailarines

Aún sabiendo

Que ya nadie se admira

De su hermosura

Dorada.

Guardiana de un reino

Que no existe.

De un reino que otras serpientes

Devoraron

En orgías de llantos.

Y vomitaron,

Muerto,

En medio del claro.

Guardiana de solitarios espíritus

Que sólo cantan su pena

Negra.

Amiga incapaz de ver;

Ciega

A todo lo que no sea su reflejo

Dorado.

Baila sobre su rama

Como si el tiempo

Acabara de estrenarse.

Como la primera vez que oí

Su respiración en el bosque

Y su latido marcó el ritmo

De la existencia.

Published in: on 22 mayo 2009 at 12:10  Dejar un comentario  

Sin título nº 15

Sin título nº 15

Published in: on 21 mayo 2009 at 12:15  Dejar un comentario  
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Despedida I

Desgajado;

Partido en dos como por un hacha.

Y aún vivo.

Mi corazón ya no late.

Y sin embargo vivo.

Sin más.

Sin esperanza.

Sin sueños,

Aunque sean rotos.

Partido en dos

Y mi espíritu vuela.

De vez en cuando.

Muy de vez en cuando,

Vuela entre los árboles del bosque buscándola.

Una vez dijo: -Haz de morir-

Y partí solo del claro

Que ella alumbraba.

Dijo: -Ama-

Y amé solo entre canciones

Y danzas antiguas.

Dijo: -Vive-

Y el llanto de todas las lluvias me cubrió,

Abandonándome a una existencia gris

Y nauseabunda;

Ahogada por su recuerdo

Que evoca paraísos asequibles,

Cercanos.

Dolorosos paraísos

Cercados por la certidumbre de su pérdida.

Partido en dos

Mi alma surca otros mares.

Otras sendas

Recogen el polvo de mis pies,

Con lujuria,

Con estremecimientos profundos.

Y me alejan de lo que dejé

Al lado del hacha.

Me alejan del corazón muerto

Sólo porque ella lo pidió.

Mi querida amiga

Es el verdugo

Que aguarda en el cadalso.

No acecha en la oscuridad,

No tiene necesidad.

Bajo el Sol más brillante

Espera paciente

El momento

De asestar

Su certero golpe.

Mi amiga es el verdugo necesario.

Pero el peso

De la soledad

Es ya inaguantable

Y me adentro por esta senda,

Pisada por otros solitarios,

Buscando el alma

Que escapó por la profunda herida.

Buscando mi alma blanca

Perdida por amor;

Por sueños espúreos que la engañaron

A fuerza de ser imposibles.

Published in: on 21 mayo 2009 at 12:09  Dejar un comentario  
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Sin título nº 14

Sin título nº 14

Published in: on 19 mayo 2009 at 13:48  Dejar un comentario  
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Pretérito Imperfecto

Yo era… ¿Te acuerdas? La noche era oscura: el bosque espeso. La noche era oscura. Ya lo he dicho.

Yo era un Caballero. Cabalgaba. Recuerdo que cabalgaba en la noche con el viento en la cara. Cortaba como cuchillos. Es verdad. También es verdad que nunca me esperaste. Y me hubiera gustado. La Luna reinaba en aquella noche con hermosura.

Yo era el Caballera que surgía de entre las sombras. Y tú eras el grito. El inmenso grito que parían las montañas durante las tormentas.

Yo era… Jamás me creíste. Saltaba sobre las pesadillas sólo para poder olerte; y tú, ingrata, ni siquiera levantabas los ojos para mirar mi amargura. Y sin embargo fui. Sé que fui durante mucho tiempo. Tenía una vida. Una historia. Un pasado. A veces incluso tuve amigos.

¡Era, tuve, fui…! El eterno pasado El perfecto tiempo verbal. Y nunca me esperaste. ¡El Caballero que regresa! Y el Caballero está solo.

La casa parece abandonada. Los reflejos de la Luna le dan un aspecto extraño. Tal vez allí fuimos felices. Tal vez. O quizá no. Quién sabe. Los Caballeros no deben pensar en eso. Pero parece abandonada. O como si nunca hubiera sido habitada. Como si hubiera escapado de algún relato alrededor de una hoguera. También la casa está sola. El Bosque, como todos los bosques, se la traga en silencio. La abraza con cariño, casi con lujuria. Pero está sola. Es la imagen evocadora de lo que pudo haber sido. Al final, las casas están solas. Como los Caballeros y los gritos.

Yo era… Y es verdad, aunque duela. Y jugábamos. Y nos llamaban de lejos; y nos esperaban para merendar en algún claro. Y alguien, no sé quién, vigilaba. El Caballero jugaba en el Bosque dentro de la casa.

Se veía el Lago por la ventana. Cuando era Caballero soñaba con la otra orilla. No por aventura. Por curiosidad. Por ver si allí era otra la casa. Quizá, en la otra orilla, alguien esperaba mi regreso. Las “otras orillas” nos vigilan siempre. Y yo, Caballero, viajaba por todas las orillas del Lago buscando a mi Dama. Nunca supe si la encontré. La casa siempre estuvo vacía. El Lago, por la ventana, era algo que sólo alegraba a mis ojos. Y sólo mi espada reposó en la pared.

Cuando alguna barca se aventuraba cerca de mi Bosque, sonaban trompetas de guerra desde la barbacana. Entonces era el “Terrible Caballero” que ajusticiaba a los incautos y ventajistas. Era mi Lago. Mi sueño. Y mi grito. Nadie tenía derecho a estar allí. Los barcos hieren. Lo sé. Llegué a aprenderlo. Aunque tú decías que eran hermosos. Nunca fuiste buena para los juegos. Y se te notaba. Cuando el reflejo de una vela arañaba mi cristal, tú saltabas de alegría. No sé si por gozo o por venganza. Pero hasta tú placer era mi grito.

La poesía y el Caballero siempre cabalgaron juntos. También el amor; pero esa fue otra historia. Recuerdo aquellos versos. Hubo más. Muchos más. Aunque los primeros se recuerdan con pasión. No eran buenos. Es verdad. Y quizá ni siquiera reflejaran mis sentimientos. Sólo eran mis versos. Y en ellos te rezaba. Ahora sé que era eso lo que hacía. Rezarte. Tampoco ahí me acompañaste. No eras buena en el juego. Ya te lo he dicho. ¡Y el Caballero soñaba sueños imposibles!

En aquella casa, vacía, te imaginaba. Cuando caía la tarde y el Lago ardía, yo, “Terrible Caballero”, te imaginaba a mi lado. Aún así te soñaba lejana. Los amantes siempre se sueñan lejanos. Tal vez la cercanía los arruga un poco.

Eras la Reina del Bosque. A mi lado recorrías las orillas del Lago descubriendo tus sueños. Y en la casa encendíamos un fuego real, acogedor, que recordaba los hogares que habíamos visto tantas veces. Entonces empezaba mis relatos. Trozos de mi vida se deslizaban sobre ti al calor de la hoguera. Yo era… ¿Recuerdas ahora? Tú mirabas por la ventana y me hablabas de la verdad. Y nunca comprendiste que no imaginaba nada. No sabías jugar. Por eso tuve que soñarte. Tuve que imaginarte sobre nubes. Tuve que sentirte mía para no abandonar aquella casa que sólo yo habitaba. Y los versos seguían rodando sobre el papel para traerte un poco más; cada vez un poco más a mi lado. El Caballero y la poesía siempre cabalgaron juntos. Así fue y así seguirá siendo. Aunque tú, ahora, quieras llevarme por otros caminos. No es este el juego. Ya te lo he dicho.

El Lago arde. Se ve por la ventana. No me digas que es el reflejo del sol. El Lago arde. Y a la entrada del Bosque una Serpiente me espera. Da igual lo que digas. Tú nunca la has visto. Sólo los Caballeros la ven. Y sus Damas, cuando van con ellos. Pero tú no la has visto nunca. No entenderías sus palabras, ni su música. No sabrías nunca el amor que derrama. Sin más. No espera nada de nosotros. Está ahí para decirnos un verso, o una oración. Qué más da. Incluso en silencio la sientes dentro de ti. Ella sí es una buena amante. Nunca pregunta. Tampoco nunca lo necesitó. Te envuelve, te abraza y el tiempo gira a su alrededor. Loco. El tiempo gira loco; aunque tú me digas que eso no es real. Cuando ella te abraza, gira. Y con él, el corazón.

Y sigues sin comprender que el Lago arde. ¡Los Lagos siempre arden en las tardes!

Yo era… ¿Recuerda? Corría contigo por aquel camino. Nos gustaba correr entre los árboles. Entonces me adelantaba y hacía como que me perdía. Me gustaba ver tu cara de asombro. Luego de miedo. Nunca supiste vivir en el Bosque. Te aterraban sus brazos. De repente aparecía, salvándote de peligros imaginarios. Y seguíamos corriendo hasta la orilla. Allí veíamos barcos fantásticos, que traían tesoros lejanos. O extraños personajes; que arribaban, sin pasado, buscando a su Reina.

El Lago ardía. Tú te acercabas a mí y hablabas del amor. Del amor que recuerda al fuego del Lago. Lo recordaba tanto, que con sólo verlo te ardía el corazón.

Te lo decía entonces, ¿recuerdas? Los Lagos arden y las personas se aman. No lo comprendías, ya lo sé. Y sin embargo, por unos instantes, algo brillaba en tus ojos. Pero duraba poco. En seguida volvías a la realidad. Al menos era eso lo que decías; la realidad. Había que vivir en la tierra. O con los pies en la tierra, como te gustaba decir. Yo nunca tuve los pies en la tierra. No me interesaba en absoluto. No era ésta mi tierra. Era la tuya. Y nunca supiste jugar.

Cuando sentías el amor a tu alrededor huías. Era tu manera de ser real. De nada servía que el Caballero corriera a tu lado para salvarte. Nunca sirvió que el Caballero se embarcara contigo hacia la Tierras del Norte. Sentías amor y huías. Con delicadeza, es verdad. Siempre fuiste delicada. Era tu gran virtud. Pero huías. Daba igual que la Naturaleza se aliara con el Caballero. Daba igual que el Bosque se abriera como una madre para acogerte. ¡Tenías los pies en la tierra!, y sabías lo que te convenía y lo que no.

Recuerdo como eras entonces y me da miedo. Te recuerdo a mi lado y me siento más solo que nunca. Jamás quisiste estar conmigo.

¡Yo era…! Y me llega desde atrás tu risa. Desde el fondo del tiempo te oigo reír a carcajadas mientras miraba triste por la ventana una casa que no asomaba a ningún Lago.

Por fin ganaste. Al final tu realidad ha podido con mis sueños. Conseguiste poner mis pies en la tierra. Pero o creas que te lo agradezco. La muerte nunca se agradece. Has convertido en fantasma al “Terrible Caballero”. Y en quimeras al Lago y al Bosque. Has matado lo único real que había en mí. Sólo la Serpiente sigue hablándome en las noches. Sólo ella sigue acunándome con cariño. Sigue cantándome mientras me tiene en su regazo. Maestra, espera a que un día sea yo quién consiga matarte. Espera que vuelva a nuestro mundo y a nuestro tiempo.

¡Yo era…! Y es verdad. Entonces era. Tenía vida aún. Tú intentabas agarrarme. Pero no tenías fuerzas. Yo era un Caballero que aguardaba a la entrada del Bosque. No debía dejar pasar a nadie. No podía que violaran aquel santuario dónde ella, Dorada, dormía.

Published in: on 19 mayo 2009 at 13:44  Dejar un comentario  
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Sin título nº 13

Sin título nº 13

Published in: on 18 mayo 2009 at 13:26  Dejar un comentario  
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Cuento

Las tardes se sucedían con increíble tranquilidad. Plácidamente se dejaba uno arrastrar por un suave sopor casi agónico. Fuera no era muy diferente; la plaza estaba matizada por la luz del final del verano, triste. Pronto habría que empezar de nuevo.

Mi mundo crecía desmesuradamente en verano. Salía por la mañana temprano y nada me impedía volver a la vieja casa. Las casas viejas son tristes, pero siempre queda alguna risa en un rincón que pasó inadvertida. O frases de amor escondidas en un cajón. A veces, con mucha suerte, y si la casa era muy vieja, incluso encontrabas algún misterio; sencillo, sin grandes tragedias ni asesinatos. Si acaso alguna infidelidad; Sospechada o sugerida por un retrato o una mancha.

Mi casa vieja no tenía nada, por eso me quedé en ella. No se oían risas; ni nunca nadie se amó allí. Mi casa sólo era vieja. Pero cuando llegaba todo era distinto. Me contaba historias, inventadas claro. Nunca me importó. Yo le contaba mi historia y nunca me compadeció.

Pero en mi casa vieja hay algo más. Hay paz; hay verdad. Está vacía, es cierto. Casi destruida, también lo es. El viento penetra por mil agujeros y el frío a, veces, se apodera de mis dominios. Y sin embargo es acogedora.

Parece que siempre hubiera tenido la misma apariencia. Sabe conseguir que me crea importante y siempre me dice que soy su único dueño. No es verdad, pero jugamos a pensar que sí lo es. Otras veces sólo me abraza. No me cuenta nada, si acaso, me canta algo triste. Son viejas canciones, como ella. No hay nada como una vieja canción para recobrar la paz.

Algún día, sin saber porqué, la Alegría levanta su tejado y penetra en mi casa. La Alegría es nuestra vecina, pero casi siempre está de viaje; así que cuando vuelve le preparamos una gran fiesta. A la Alegría le gustan mucho las fiestas, además tiene muchos amigos. Ese día se abren todas las ventanas. El viento se tranquiliza y sólo es una suave brisa que juega con nosotros a no dejarnos colocar las cadenetas de flores, o se esconde entre las puertas corriendo de un sitio a otro; entonces toda la casa se mece suavemente.

Después llegan la Alegría y sus amigos. Lo alborotan todo, pero ese día no molestan. Incluso canto y bailo. Me cojo del brazo del Amor y la Felicidad y, juntos los tres, saltamos por las escaleras y bebemos y reímos. Al final hacemos promesa de no separarnos nunca. Siempre me he despertado solo.

Las fiestas de la Alegría son muy agradables, aunque duelen luego. Al día siguiente se va. Muy temprano aprovecha algún cristal roto o alguna puerta entreabierta y vuelve a emprender su viaje.

Entonces nos volvemos a quedar solos mi casa y yo. Hay que continuar. Recogemos los restos que dejaron y los guardamos. Ya tenemos una gran colección de restos de fiestas. Tenemos risas, muchos tipos de risas; y besos. Los hay entrañables, sinceros; son los que más valen. También los hay un poco locos. Tenemos besos nocturnos, con lágrimas en los ojos. Y besos de a diario, un poco gastados.

También guardamos frases de agradecimiento; duelen. Y frases tontas con olor a vino. Algunas veces olvidan un abrazo. Esos los guardamos a parte, no hay muchos, por eso les tenemos más cariño. Tenemos algunos abrazos dejados por la Alegría, y algún que otro dejado por equivocación. También sirven. De lo demás no vale nada. Los gritos los tiramos, no nos dejan soñar. Las promesas tampoco, nunca se cumplen. Las bromas del Amor ya no nos hacen gracia, así que las quemamos junto a alguna promesa de la Felicidad y a alguna ironía del Destino, otro invitado que nunca falta a las fiestas.

Este trabajo nos ocupa sólo un día. Después todo vuelve a ser como antes. Las ventanas se cierran, el viento vuelve a soplar con fuerza y nosotros seguimos charlando. Entonces me habla de aquel tiempo, cuando era un gran castillo. De cómo pintaron sus paredes de verdad. Hasta me cuenta su historia con el sombrero de copa, cuando lo olvidaron en una de sus ventanas. Fue entonces cuando aprendió a sonreír. Y cuando decidió ser inmortal. Quiso ser águila, pero cuando estuvo en el aire se le escapó la realidad, se sentía distante. Quiso ser caballo; galopaba por grandes extensiones o paseaba por maravillosos bosques. Pero el caballo tiene un formidable enemigo; La Muerte. La Muerte busca siempre un caballo para galopar. Quiso ser árbol para llegar al cielo. Y playa, para mirar al mar. Fue roca para ser fuerte. Y aire, para penetrar en todos.

Yo escuchaba atento a mi casa. Cuando terminaba de contar su historia el dolor de la fiesta había desaparecido. Pero teníamos pocas visitas. El resto del tiempo lo pasábamos jugando con algunos de mis viejos fantasmas. De vez en cuando volvían y, a pesar de ser tan viejos, aún eran capaces de asustarme; por poco tiempo, enseguida los reconocía. Por unos días nos hacían compañía. Jugaban con el sombrero. Y un buen día se marchaban.

Las tardes se suceden con increíble tranquilidad. Plácidamente se deja uno arrastrar por un suave sopor casi agónico. Fuera no es muy diferente; la plaza está matizada por la luz del final del verano, triste. Pronto habrá que empezar…

 

Published in: on 18 mayo 2009 at 13:19  Dejar un comentario  
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Sin título nº 12

Sin título nº 12

Published in: on 14 mayo 2009 at 12:51  Dejar un comentario  
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