El Sueño de Adamo

Colgado de la montaña, sobre el mar, hay un pueblo en el norte. Su nombre no importa. Lo tiene, evidentemente, pero para lo que voy a contar no es necesario conocerlo. Basta saber que pese a estar junto al mar, no tiene puerto, ni sus habitantes se han dedicado nunca a la pesca. Horadan la montaña sacando carbón, que transportan por abruptos caminos a lomos de mulas. Hace tiempo una empresa les ofreció la posibilidad de construir un muelle de carga en la ensenada, para favorecer el traslado y aumentar los beneficios, pero se negaron. Es curioso el odio que le tienen al mar, aunque llevan juntos toda la vida. Ellos no navegan y el mar no los molesta. Ese es el pacto. Siempre ha sido así. Durante la última tormenta, en el invierno pasado, una marejada enorme arrasó los pueblos limítrofes. Pero nuestro pueblo salió indemne, milagrosamente. La marea no subió más de lo habitual. Nadie se lo explica. El acontecimiento fue noticia en todos los periódicos de la región, incluso se reseñó en algún “telediario”. Pero no se le dio más importancia. Nuestros paisanos sí saben la explicación, pero nadie les creería.

Allí me contaron muchas leyendas. Y al contrario de lo que se podría creer, todas tenían relación con el mar. En ninguna se hacía mención a la mina, o al frondoso bosque que lo rodea. Ni cuentos de animales propios de la zona montañosa. Nada de lobos ni osos; ni de hombres-lobos ni brujas con calderos. Y eso que los lobos y los osos abundan en los alrededores; y a pesar de que algunos paisanos podrían pasar por brujas y licántropos, con perdón.

Los protagonistas de los cuentos son fantásticos seres marinos; sirenas, tritones… Tiburones hambrientos y ballenas místicas que cargan con el mundo sobre sus lomos. Hadas malvadas que viven en las cuevas de las morenas y dioses crueles que juegan con la marea y hunden barcos.

Son cuentos con olor a sal y a madera mojada. Cuentos de enlutadas y huérfanos tristes. De mujeres duras que maldicen a Dios y a los dioses y a la madre que los parió.

Pero también historias simpáticas, tan increíbles como las demás, que les hacen olvidar un poco la dureza de la mina y la mula. Que los reconcilian con el mar; que los trasladan al tiempo antiguo en el que convivían pacíficamente sin necesidad de pactos. Cuando mar y hombres se querían, y sólo el tiempo pasaba. Uno de aquellos cuentos era el de Adamo, el hombre que quiso ser isla.

Cuentan que Adamo era uno de los primeros mineros que se instaló en la montaña. No sacaba carbón, entonces no se dedicaban a la tarea humillante de deshacer la gran mole que domina sobre el mar.

Adamo extraía mineral de hierro. Poca cantidad. Decía de sí mismo que era un artista. En el mismo centro de la montaña elaboraba el hierro hasta convertirlo en bellas olas marinas, que a modo de collares y brazaletes, colgaba de su cuello y sus brazos. Después bajaba a la aldea y cantaba y bailaba como si la marea lo empujase de un sitio a otro con un movimiento constante.

Cuando el cansancio asomaba, se dejaba caer sobre el poniente. De manera que el sol brillaba, rojo, sobre las metálicas olas de Adamo.

Al menos una vez a la semana ejecutaba esta danza, mágica para él, y se dormía contemplando la puesta de sol.

Todos querían a Adamo. No porque los distrajera con sus canciones, sino porque era un buen hombre. A veces molestaba un poco cuando se empeñaba en contarte su sueño. Llevaba toda la vida contándolo, y cansaba la cantinela de “… y me convertí en una preciosa isla”.

Nadie comprendía por qué un hombre querría convertirse en isla. Pero querían a Adamo, y se alegraban cuando lo veían llegar, rodeado de su pulido oleaje; y danzando suavemente. Como si fuera el eco de un mar tranquilo.

Adamo se internaba cada día en la montaña y en su seno, entre el fuego y la tierra, aprendía los misterios de la vida. Y los misterios de los sueños.

Una noche, Adamo, encontró la piedra más bella que jamás había visto. Era plata, y puede que se la arrancara a la Luna algún enamorado.

Avivó su fuego, y poco a poco fue fabricando las olas más hermosas, más brillantes, más puras. El rojo del fuego lo reflejaban como si se trataran de diamantinas gotas de rocío sobre un prado blanco.

Adamo no cabía en sí de felicidad. Aquel era el mar que había estado buscando. Era el mar de sus sueños. El que trataba de imitar bruñendo el hierro hasta el infinito.

Cuando acabó, se fue adornando con ellas muy despacito, como si rezara. Y con cada ola que se colocaba, le crecía dentro un trozo de mar.

Bajó a la aldea y bailó el último baile. Cantó la última canción; un poco triste, pero sereno. Tras la postrera pirueta se alejó al poniente y se recostó mirando al sol. Los aldeanos se retiraron, agradecidos a Adamo por el espectáculo maravilloso que había representado para ellos.

Cuentan que a poco de amanecer, un gran revuelo se vivió en la aldea. Al poniente, sobre el horizonte, se veía una gran isla. Grande, como una montaña. Y las olas, al romper sobre ella, recordaban los collares de olitas con las que Adamo se adornaba para sus fiestas.

Pasaron muchos días buscando a Adamo para mostrársela. Pero no aparecía por ninguna parte. Cuando encontraron su fuego apagado, en la montaña, pensaron que habría sufrido un accidente.

Lloraron; más que nada porque no había podido ver aquella aparición. Aquella majestuosa isla que sin duda le habría hecho feliz. En su recuerdo la bautizaron como “la isla de Adamo”. Y todas las tardes el sol se despide con reflejos rojos y plata sobre las olas que acarician su playa.

Cuando terminan, una sombra de triste nostalgia les velan los ojos. Quizá añoran aquella época en la que el mar y el hombre eran felices juntos. Cuando convertirse en isla sólo era cuestión de soñarlo y pedirle ayuda a la Luna.

También cuentan terribles historias de desencuentros. De venganzas antiguas que secaron el alma. Pero prefieren no recordarlas.

Al atardecer saludan a la isla de Adamo y renuevan el pacto hecho con el mar. Al atardecer, la isla se desangra con los últimos rayos sobre sus olas.

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Published in: on 14 mayo 2009 at 12:42  Dejar un comentario  
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