Cuento

Las tardes se sucedían con increíble tranquilidad. Plácidamente se dejaba uno arrastrar por un suave sopor casi agónico. Fuera no era muy diferente; la plaza estaba matizada por la luz del final del verano, triste. Pronto habría que empezar de nuevo.

Mi mundo crecía desmesuradamente en verano. Salía por la mañana temprano y nada me impedía volver a la vieja casa. Las casas viejas son tristes, pero siempre queda alguna risa en un rincón que pasó inadvertida. O frases de amor escondidas en un cajón. A veces, con mucha suerte, y si la casa era muy vieja, incluso encontrabas algún misterio; sencillo, sin grandes tragedias ni asesinatos. Si acaso alguna infidelidad; Sospechada o sugerida por un retrato o una mancha.

Mi casa vieja no tenía nada, por eso me quedé en ella. No se oían risas; ni nunca nadie se amó allí. Mi casa sólo era vieja. Pero cuando llegaba todo era distinto. Me contaba historias, inventadas claro. Nunca me importó. Yo le contaba mi historia y nunca me compadeció.

Pero en mi casa vieja hay algo más. Hay paz; hay verdad. Está vacía, es cierto. Casi destruida, también lo es. El viento penetra por mil agujeros y el frío a, veces, se apodera de mis dominios. Y sin embargo es acogedora.

Parece que siempre hubiera tenido la misma apariencia. Sabe conseguir que me crea importante y siempre me dice que soy su único dueño. No es verdad, pero jugamos a pensar que sí lo es. Otras veces sólo me abraza. No me cuenta nada, si acaso, me canta algo triste. Son viejas canciones, como ella. No hay nada como una vieja canción para recobrar la paz.

Algún día, sin saber porqué, la Alegría levanta su tejado y penetra en mi casa. La Alegría es nuestra vecina, pero casi siempre está de viaje; así que cuando vuelve le preparamos una gran fiesta. A la Alegría le gustan mucho las fiestas, además tiene muchos amigos. Ese día se abren todas las ventanas. El viento se tranquiliza y sólo es una suave brisa que juega con nosotros a no dejarnos colocar las cadenetas de flores, o se esconde entre las puertas corriendo de un sitio a otro; entonces toda la casa se mece suavemente.

Después llegan la Alegría y sus amigos. Lo alborotan todo, pero ese día no molestan. Incluso canto y bailo. Me cojo del brazo del Amor y la Felicidad y, juntos los tres, saltamos por las escaleras y bebemos y reímos. Al final hacemos promesa de no separarnos nunca. Siempre me he despertado solo.

Las fiestas de la Alegría son muy agradables, aunque duelen luego. Al día siguiente se va. Muy temprano aprovecha algún cristal roto o alguna puerta entreabierta y vuelve a emprender su viaje.

Entonces nos volvemos a quedar solos mi casa y yo. Hay que continuar. Recogemos los restos que dejaron y los guardamos. Ya tenemos una gran colección de restos de fiestas. Tenemos risas, muchos tipos de risas; y besos. Los hay entrañables, sinceros; son los que más valen. También los hay un poco locos. Tenemos besos nocturnos, con lágrimas en los ojos. Y besos de a diario, un poco gastados.

También guardamos frases de agradecimiento; duelen. Y frases tontas con olor a vino. Algunas veces olvidan un abrazo. Esos los guardamos a parte, no hay muchos, por eso les tenemos más cariño. Tenemos algunos abrazos dejados por la Alegría, y algún que otro dejado por equivocación. También sirven. De lo demás no vale nada. Los gritos los tiramos, no nos dejan soñar. Las promesas tampoco, nunca se cumplen. Las bromas del Amor ya no nos hacen gracia, así que las quemamos junto a alguna promesa de la Felicidad y a alguna ironía del Destino, otro invitado que nunca falta a las fiestas.

Este trabajo nos ocupa sólo un día. Después todo vuelve a ser como antes. Las ventanas se cierran, el viento vuelve a soplar con fuerza y nosotros seguimos charlando. Entonces me habla de aquel tiempo, cuando era un gran castillo. De cómo pintaron sus paredes de verdad. Hasta me cuenta su historia con el sombrero de copa, cuando lo olvidaron en una de sus ventanas. Fue entonces cuando aprendió a sonreír. Y cuando decidió ser inmortal. Quiso ser águila, pero cuando estuvo en el aire se le escapó la realidad, se sentía distante. Quiso ser caballo; galopaba por grandes extensiones o paseaba por maravillosos bosques. Pero el caballo tiene un formidable enemigo; La Muerte. La Muerte busca siempre un caballo para galopar. Quiso ser árbol para llegar al cielo. Y playa, para mirar al mar. Fue roca para ser fuerte. Y aire, para penetrar en todos.

Yo escuchaba atento a mi casa. Cuando terminaba de contar su historia el dolor de la fiesta había desaparecido. Pero teníamos pocas visitas. El resto del tiempo lo pasábamos jugando con algunos de mis viejos fantasmas. De vez en cuando volvían y, a pesar de ser tan viejos, aún eran capaces de asustarme; por poco tiempo, enseguida los reconocía. Por unos días nos hacían compañía. Jugaban con el sombrero. Y un buen día se marchaban.

Las tardes se suceden con increíble tranquilidad. Plácidamente se deja uno arrastrar por un suave sopor casi agónico. Fuera no es muy diferente; la plaza está matizada por la luz del final del verano, triste. Pronto habrá que empezar…

 

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Published in: on 18 mayo 2009 at 13:19  Dejar un comentario  
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