Pretérito Imperfecto

Yo era… ¿Te acuerdas? La noche era oscura: el bosque espeso. La noche era oscura. Ya lo he dicho.

Yo era un Caballero. Cabalgaba. Recuerdo que cabalgaba en la noche con el viento en la cara. Cortaba como cuchillos. Es verdad. También es verdad que nunca me esperaste. Y me hubiera gustado. La Luna reinaba en aquella noche con hermosura.

Yo era el Caballera que surgía de entre las sombras. Y tú eras el grito. El inmenso grito que parían las montañas durante las tormentas.

Yo era… Jamás me creíste. Saltaba sobre las pesadillas sólo para poder olerte; y tú, ingrata, ni siquiera levantabas los ojos para mirar mi amargura. Y sin embargo fui. Sé que fui durante mucho tiempo. Tenía una vida. Una historia. Un pasado. A veces incluso tuve amigos.

¡Era, tuve, fui…! El eterno pasado El perfecto tiempo verbal. Y nunca me esperaste. ¡El Caballero que regresa! Y el Caballero está solo.

La casa parece abandonada. Los reflejos de la Luna le dan un aspecto extraño. Tal vez allí fuimos felices. Tal vez. O quizá no. Quién sabe. Los Caballeros no deben pensar en eso. Pero parece abandonada. O como si nunca hubiera sido habitada. Como si hubiera escapado de algún relato alrededor de una hoguera. También la casa está sola. El Bosque, como todos los bosques, se la traga en silencio. La abraza con cariño, casi con lujuria. Pero está sola. Es la imagen evocadora de lo que pudo haber sido. Al final, las casas están solas. Como los Caballeros y los gritos.

Yo era… Y es verdad, aunque duela. Y jugábamos. Y nos llamaban de lejos; y nos esperaban para merendar en algún claro. Y alguien, no sé quién, vigilaba. El Caballero jugaba en el Bosque dentro de la casa.

Se veía el Lago por la ventana. Cuando era Caballero soñaba con la otra orilla. No por aventura. Por curiosidad. Por ver si allí era otra la casa. Quizá, en la otra orilla, alguien esperaba mi regreso. Las “otras orillas” nos vigilan siempre. Y yo, Caballero, viajaba por todas las orillas del Lago buscando a mi Dama. Nunca supe si la encontré. La casa siempre estuvo vacía. El Lago, por la ventana, era algo que sólo alegraba a mis ojos. Y sólo mi espada reposó en la pared.

Cuando alguna barca se aventuraba cerca de mi Bosque, sonaban trompetas de guerra desde la barbacana. Entonces era el “Terrible Caballero” que ajusticiaba a los incautos y ventajistas. Era mi Lago. Mi sueño. Y mi grito. Nadie tenía derecho a estar allí. Los barcos hieren. Lo sé. Llegué a aprenderlo. Aunque tú decías que eran hermosos. Nunca fuiste buena para los juegos. Y se te notaba. Cuando el reflejo de una vela arañaba mi cristal, tú saltabas de alegría. No sé si por gozo o por venganza. Pero hasta tú placer era mi grito.

La poesía y el Caballero siempre cabalgaron juntos. También el amor; pero esa fue otra historia. Recuerdo aquellos versos. Hubo más. Muchos más. Aunque los primeros se recuerdan con pasión. No eran buenos. Es verdad. Y quizá ni siquiera reflejaran mis sentimientos. Sólo eran mis versos. Y en ellos te rezaba. Ahora sé que era eso lo que hacía. Rezarte. Tampoco ahí me acompañaste. No eras buena en el juego. Ya te lo he dicho. ¡Y el Caballero soñaba sueños imposibles!

En aquella casa, vacía, te imaginaba. Cuando caía la tarde y el Lago ardía, yo, “Terrible Caballero”, te imaginaba a mi lado. Aún así te soñaba lejana. Los amantes siempre se sueñan lejanos. Tal vez la cercanía los arruga un poco.

Eras la Reina del Bosque. A mi lado recorrías las orillas del Lago descubriendo tus sueños. Y en la casa encendíamos un fuego real, acogedor, que recordaba los hogares que habíamos visto tantas veces. Entonces empezaba mis relatos. Trozos de mi vida se deslizaban sobre ti al calor de la hoguera. Yo era… ¿Recuerdas ahora? Tú mirabas por la ventana y me hablabas de la verdad. Y nunca comprendiste que no imaginaba nada. No sabías jugar. Por eso tuve que soñarte. Tuve que imaginarte sobre nubes. Tuve que sentirte mía para no abandonar aquella casa que sólo yo habitaba. Y los versos seguían rodando sobre el papel para traerte un poco más; cada vez un poco más a mi lado. El Caballero y la poesía siempre cabalgaron juntos. Así fue y así seguirá siendo. Aunque tú, ahora, quieras llevarme por otros caminos. No es este el juego. Ya te lo he dicho.

El Lago arde. Se ve por la ventana. No me digas que es el reflejo del sol. El Lago arde. Y a la entrada del Bosque una Serpiente me espera. Da igual lo que digas. Tú nunca la has visto. Sólo los Caballeros la ven. Y sus Damas, cuando van con ellos. Pero tú no la has visto nunca. No entenderías sus palabras, ni su música. No sabrías nunca el amor que derrama. Sin más. No espera nada de nosotros. Está ahí para decirnos un verso, o una oración. Qué más da. Incluso en silencio la sientes dentro de ti. Ella sí es una buena amante. Nunca pregunta. Tampoco nunca lo necesitó. Te envuelve, te abraza y el tiempo gira a su alrededor. Loco. El tiempo gira loco; aunque tú me digas que eso no es real. Cuando ella te abraza, gira. Y con él, el corazón.

Y sigues sin comprender que el Lago arde. ¡Los Lagos siempre arden en las tardes!

Yo era… ¿Recuerda? Corría contigo por aquel camino. Nos gustaba correr entre los árboles. Entonces me adelantaba y hacía como que me perdía. Me gustaba ver tu cara de asombro. Luego de miedo. Nunca supiste vivir en el Bosque. Te aterraban sus brazos. De repente aparecía, salvándote de peligros imaginarios. Y seguíamos corriendo hasta la orilla. Allí veíamos barcos fantásticos, que traían tesoros lejanos. O extraños personajes; que arribaban, sin pasado, buscando a su Reina.

El Lago ardía. Tú te acercabas a mí y hablabas del amor. Del amor que recuerda al fuego del Lago. Lo recordaba tanto, que con sólo verlo te ardía el corazón.

Te lo decía entonces, ¿recuerdas? Los Lagos arden y las personas se aman. No lo comprendías, ya lo sé. Y sin embargo, por unos instantes, algo brillaba en tus ojos. Pero duraba poco. En seguida volvías a la realidad. Al menos era eso lo que decías; la realidad. Había que vivir en la tierra. O con los pies en la tierra, como te gustaba decir. Yo nunca tuve los pies en la tierra. No me interesaba en absoluto. No era ésta mi tierra. Era la tuya. Y nunca supiste jugar.

Cuando sentías el amor a tu alrededor huías. Era tu manera de ser real. De nada servía que el Caballero corriera a tu lado para salvarte. Nunca sirvió que el Caballero se embarcara contigo hacia la Tierras del Norte. Sentías amor y huías. Con delicadeza, es verdad. Siempre fuiste delicada. Era tu gran virtud. Pero huías. Daba igual que la Naturaleza se aliara con el Caballero. Daba igual que el Bosque se abriera como una madre para acogerte. ¡Tenías los pies en la tierra!, y sabías lo que te convenía y lo que no.

Recuerdo como eras entonces y me da miedo. Te recuerdo a mi lado y me siento más solo que nunca. Jamás quisiste estar conmigo.

¡Yo era…! Y me llega desde atrás tu risa. Desde el fondo del tiempo te oigo reír a carcajadas mientras miraba triste por la ventana una casa que no asomaba a ningún Lago.

Por fin ganaste. Al final tu realidad ha podido con mis sueños. Conseguiste poner mis pies en la tierra. Pero o creas que te lo agradezco. La muerte nunca se agradece. Has convertido en fantasma al “Terrible Caballero”. Y en quimeras al Lago y al Bosque. Has matado lo único real que había en mí. Sólo la Serpiente sigue hablándome en las noches. Sólo ella sigue acunándome con cariño. Sigue cantándome mientras me tiene en su regazo. Maestra, espera a que un día sea yo quién consiga matarte. Espera que vuelva a nuestro mundo y a nuestro tiempo.

¡Yo era…! Y es verdad. Entonces era. Tenía vida aún. Tú intentabas agarrarme. Pero no tenías fuerzas. Yo era un Caballero que aguardaba a la entrada del Bosque. No debía dejar pasar a nadie. No podía que violaran aquel santuario dónde ella, Dorada, dormía.

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Published in: on 19 mayo 2009 at 13:44  Dejar un comentario  
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