Sin título nº 17

Sin título nº 17

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Published in: on 22 octubre 2009 at 14:58  Dejar un comentario  
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Erase una Princesa triste…

“Erase una princesa triste y un arlequín de colores. Erase un Caballero Blanco al que le pesaba la armadura. Y erase un malvado Rey que nunca había visto el mar.

Llora que llora la princesa. Y salta que salta el arlequín en locas cabriolas irisadas con los colores de la alegría.

Gruñe que gruñe el Rey, meciéndose en su trono, imitando a las olas que no conoce.

Y maldice el Caballero bajo el peso de su pureza…”

Blood_Rose_by_webgrafi Helena continuó leyendo el cuento. Todos los veranos, junto a la ventana que asoma a la playa, lo lee. Se lo escribió su padre cuando era pequeña. Y desde entonces es el ritual con el que da inicio a sus vacaciones. Se descalza, se sienta en alféizar de la ventana, y lo lee como si fuera la primera vez. Como lo leyó cuando su padre entró en la habitación y se lo entregó envuelto en papel de regalo. Lo había mandado encuadernar en cuero, con letras de oro. Y en pergamino, con letras capitales góticas de color rojo sangre.

Helena ya no es una niña, pero le sigue oliendo a verano aquella historia mágica de Princesas y duendes. De Caballeros y Reyes equivocados. Por eso mantiene el rito. Es el único día del año que lo lee. Y es el único día del año en el que es plenamente feliz.

A veces piensa que su vida es un paréntesis entre lectura y lectura. Y que lo verdaderamente real es aquel Rey y aquella isla que ve desde la ventana y a la que nunca ha ido.

Nunca se visita. Ni siquiera los que viven en el pueblo. Navegan a su alrededor, le hacen fotos. Pero nunca nadie la ha visitado.

Entre página y página levanta los ojos y la contempla. Sin mirarla. Helena no tiene necesidad de mirar a la isla para verla. La lleva tan dentro que incluso en invierno la sueña.

Nadie la había visitado. Creen que es virgen. Hay un pacto para no mancillar esa belleza etérea y al mismo tiempo cercana, que los saluda cada mañana y los despide cada tarde cuando el sol busca su refugio para esconderse y descansar.

Helena había decidido que la historia de su cuento transcurría en aquella isla. Imaginaba al Rey, ciego, sentado en su trono. Incapaz de ver el mar que lo rodea y furioso por no poderlo ver. Imaginaba a la Princesa, triste, paseando por su playa; añorando playas que no conoce. Y ciega también a la hermosura del amor que la isla siente por ella.

La Princesa es bella; todas lo son. Pero también es caprichosa; todas lo son. Y lloraba por salir del paraíso, soñando otros paraísos perdidos. Que siempre hacen daño porque son los paraísos de otros; aunque ella no lo sabe. Las Princesas son caprichosas y estúpidas, sólo el dolor las acerca un poco a nosotros.

Imaginaba los saltos de arlequín, poniendo color con sus piruetas de saltimbanqui y alegrando a las sencillas gentes que se admiraban con su habilidad.

En todo cuento de Princesa y Reyes existen personas sencillas y humildes. Con vidas idílicas, que son el contrapunto al mundo mágico de los protagonistas. Ellos son lo más real que se puede encontrar. Y asisten pasivos, o en el peor de los casos sufrientes, a las incomprensibles y a veces memas decisiones de seres absurdos, a los que tienen que enseñar el camino de la vida, por muchos magos y hadas que anden por medio.

Imaginaba al Caballero Blanco. Caballero en su caballo y apesadumbrado por el peso de su armadura. Sin comprender, nunca comprendió, porqué no se la quitaba y cabalgaba libre por la playa.

La verdad es que Helena conoce poco del trabajo de los Caballeros, y tiene la tendencia a imaginarlos como soldados. Como personas prácticas y expeditivas que resuelven problemas. Idea equivocada, evidentemente. Todos saben que los Caballeros, si algo hacen, es crear problemas, no resolverlos. Por mucho que se empeñen en hablar de deshacer entuertos. No deshacen. Nunca. Complican y complican la existencia con códigos de honor, siempre hay quién los rompe, y con extraños encantamientos que les sirven de excusa para hacer lo que no deben hacer. Y aunque el Caballero cabalgue por la playa, según Helena, la verdad es que busca abandonar la pureza que lo ata y bañarse en el mar, desnudo. Sin más código que el de vivir y dejarse seducir por una moza que lo condene. Aunque sea al purgatorio.

Cuando Helena terminó de leer el cuento bajó al puerto, como hacía cada año. Y contempló a la isla con un suspiro de alivio. Seguía allí. Luego todo el Universo conservaba el orden que debía tener. Luego aquella mañana pasearía y hablaría con su padre. Era otro ritual del primer día de vacaciones.

Y efectivamente, su padre apareció paseando por el espigón, despreocupado y ajeno al devenir de los días. Era el Rey ciego al que Helena se empeñaba en redimir cada verano.

Cuando era pequeña jugaba y paseaba a menudo con su padre. Sentía una gran admiración por él. Por supuesto también lo quería. No comprendía por qué vivía solo en aquel pueblo mientras que su madre y ella vivían en la ciudad. Sobretodo sabiendo que la relación entre sus padres era buena. Estaban enamorados y los dos la adoraban. Pero a su padre sólo lo veía en verano, y en algunas navidades extrañas en las que aparecía de repente, disfrazado de Rey Mago, cargado de regalos. Hubo pocas navidades extrañas en su vida. Aún así, cuando llegan las fechas, espera con ansiedad que aparezca en algún momento y le regale un perro, como hizo la última vez. Claro que entonces tenía doce años, y ya el perro corre por otras praderas. O quizá esté en la isla, revolviéndolo todo; si es que hay algo que revolver.

Helena se encontraba todos los veranos con su padre y paseaban por la playa o por el puerto, pero siempre con la isla por testigo. Siempre a la sombra de su presencia tranquilizadora. Y hablaban. Y hablaban de cosas que nadie entiende. Ni su madre, que sigue celosa de su relación. Ni el cura, que a veces los acompaña en sus paseos.

Esta relación de su padre con el cura tampoco la entendía ella. Su padre no es creyente, y mantiene una vieja amistad con aquel viejo cura de teja y sotana. Aún más; sólo hablan de Dios. Bueno, de Dios y de la isla. Son los temas que llevan tratando desde hace treinta años.

En las ocasiones en las que el viejo los acompañaba en sus paseos, Helena aprendió teología, pero también aprendió a ver en la isla el reflejo de cada uno. Decían, y si el cura y su padre estaban de acuerdo, era verdad, que cada uno ve la isla de una manera diferente. Cada uno quiere a la isla de una forma diferente, y ese amor distinto hace que la sueñen de manera distinta. Su padre se lo enseñó en su cuento. Y se lo enseña cada verano, cuando aparece por el espigón con aire de Rey, ciego para algunos; pero ciego de ver tanto y tan lejos. Ciego de no querer ya ver nada más, porque todo está visto.

Se agarró a su brazo y empezaron a andar. El paso no era vivo, como antes. Ahora las piernas le pesaban. Y Helena tenía que soportar su peso y su cansancio. Anduvieron por la playa.

Desde lejos se pudo ver a Helena llorar. Cuando volvió a su casa se encerró en su habitación y maldijo a la isla.

Helena se dirigió a su cuarto. Se quitó los zapatos y se sentó en la ventana. Desde el horizonte la saludó una pequeña isla, suave, verde; brillante bajo el sol del mediodía. Se acercó a la mesa y cogió un libro. Con los ojos húmedos comenzó a leer la historia de una Princesa triste, que quería otra playa. Y la de un Rey ciego que ya no era malvado. Y un Caballero Blanco que por fin se quitó la armadura y vivía en la isla con una moza más sabia que él. Y la de un arlequín, que jugaba con un perro que encontró un día y que ladra a la luna con pena.

Cuando volvió al puerto lloró. Nadie ha visitado nunca la isla. Es lo que todos creen. Y en eso pensaba Helena cuando volvía sola a su casa por la playa

Published in: on 21 abril 2009 at 10:18  Dejar un comentario  
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