El Sueño de Adamo

Colgado de la montaña, sobre el mar, hay un pueblo en el norte. Su nombre no importa. Lo tiene, evidentemente, pero para lo que voy a contar no es necesario conocerlo. Basta saber que pese a estar junto al mar, no tiene puerto, ni sus habitantes se han dedicado nunca a la pesca. Horadan la montaña sacando carbón, que transportan por abruptos caminos a lomos de mulas. Hace tiempo una empresa les ofreció la posibilidad de construir un muelle de carga en la ensenada, para favorecer el traslado y aumentar los beneficios, pero se negaron. Es curioso el odio que le tienen al mar, aunque llevan juntos toda la vida. Ellos no navegan y el mar no los molesta. Ese es el pacto. Siempre ha sido así. Durante la última tormenta, en el invierno pasado, una marejada enorme arrasó los pueblos limítrofes. Pero nuestro pueblo salió indemne, milagrosamente. La marea no subió más de lo habitual. Nadie se lo explica. El acontecimiento fue noticia en todos los periódicos de la región, incluso se reseñó en algún “telediario”. Pero no se le dio más importancia. Nuestros paisanos sí saben la explicación, pero nadie les creería.

Allí me contaron muchas leyendas. Y al contrario de lo que se podría creer, todas tenían relación con el mar. En ninguna se hacía mención a la mina, o al frondoso bosque que lo rodea. Ni cuentos de animales propios de la zona montañosa. Nada de lobos ni osos; ni de hombres-lobos ni brujas con calderos. Y eso que los lobos y los osos abundan en los alrededores; y a pesar de que algunos paisanos podrían pasar por brujas y licántropos, con perdón.

Los protagonistas de los cuentos son fantásticos seres marinos; sirenas, tritones… Tiburones hambrientos y ballenas místicas que cargan con el mundo sobre sus lomos. Hadas malvadas que viven en las cuevas de las morenas y dioses crueles que juegan con la marea y hunden barcos.

Son cuentos con olor a sal y a madera mojada. Cuentos de enlutadas y huérfanos tristes. De mujeres duras que maldicen a Dios y a los dioses y a la madre que los parió.

Pero también historias simpáticas, tan increíbles como las demás, que les hacen olvidar un poco la dureza de la mina y la mula. Que los reconcilian con el mar; que los trasladan al tiempo antiguo en el que convivían pacíficamente sin necesidad de pactos. Cuando mar y hombres se querían, y sólo el tiempo pasaba. Uno de aquellos cuentos era el de Adamo, el hombre que quiso ser isla.

Cuentan que Adamo era uno de los primeros mineros que se instaló en la montaña. No sacaba carbón, entonces no se dedicaban a la tarea humillante de deshacer la gran mole que domina sobre el mar.

Adamo extraía mineral de hierro. Poca cantidad. Decía de sí mismo que era un artista. En el mismo centro de la montaña elaboraba el hierro hasta convertirlo en bellas olas marinas, que a modo de collares y brazaletes, colgaba de su cuello y sus brazos. Después bajaba a la aldea y cantaba y bailaba como si la marea lo empujase de un sitio a otro con un movimiento constante.

Cuando el cansancio asomaba, se dejaba caer sobre el poniente. De manera que el sol brillaba, rojo, sobre las metálicas olas de Adamo.

Al menos una vez a la semana ejecutaba esta danza, mágica para él, y se dormía contemplando la puesta de sol.

Todos querían a Adamo. No porque los distrajera con sus canciones, sino porque era un buen hombre. A veces molestaba un poco cuando se empeñaba en contarte su sueño. Llevaba toda la vida contándolo, y cansaba la cantinela de “… y me convertí en una preciosa isla”.

Nadie comprendía por qué un hombre querría convertirse en isla. Pero querían a Adamo, y se alegraban cuando lo veían llegar, rodeado de su pulido oleaje; y danzando suavemente. Como si fuera el eco de un mar tranquilo.

Adamo se internaba cada día en la montaña y en su seno, entre el fuego y la tierra, aprendía los misterios de la vida. Y los misterios de los sueños.

Una noche, Adamo, encontró la piedra más bella que jamás había visto. Era plata, y puede que se la arrancara a la Luna algún enamorado.

Avivó su fuego, y poco a poco fue fabricando las olas más hermosas, más brillantes, más puras. El rojo del fuego lo reflejaban como si se trataran de diamantinas gotas de rocío sobre un prado blanco.

Adamo no cabía en sí de felicidad. Aquel era el mar que había estado buscando. Era el mar de sus sueños. El que trataba de imitar bruñendo el hierro hasta el infinito.

Cuando acabó, se fue adornando con ellas muy despacito, como si rezara. Y con cada ola que se colocaba, le crecía dentro un trozo de mar.

Bajó a la aldea y bailó el último baile. Cantó la última canción; un poco triste, pero sereno. Tras la postrera pirueta se alejó al poniente y se recostó mirando al sol. Los aldeanos se retiraron, agradecidos a Adamo por el espectáculo maravilloso que había representado para ellos.

Cuentan que a poco de amanecer, un gran revuelo se vivió en la aldea. Al poniente, sobre el horizonte, se veía una gran isla. Grande, como una montaña. Y las olas, al romper sobre ella, recordaban los collares de olitas con las que Adamo se adornaba para sus fiestas.

Pasaron muchos días buscando a Adamo para mostrársela. Pero no aparecía por ninguna parte. Cuando encontraron su fuego apagado, en la montaña, pensaron que habría sufrido un accidente.

Lloraron; más que nada porque no había podido ver aquella aparición. Aquella majestuosa isla que sin duda le habría hecho feliz. En su recuerdo la bautizaron como “la isla de Adamo”. Y todas las tardes el sol se despide con reflejos rojos y plata sobre las olas que acarician su playa.

Cuando terminan, una sombra de triste nostalgia les velan los ojos. Quizá añoran aquella época en la que el mar y el hombre eran felices juntos. Cuando convertirse en isla sólo era cuestión de soñarlo y pedirle ayuda a la Luna.

También cuentan terribles historias de desencuentros. De venganzas antiguas que secaron el alma. Pero prefieren no recordarlas.

Al atardecer saludan a la isla de Adamo y renuevan el pacto hecho con el mar. Al atardecer, la isla se desangra con los últimos rayos sobre sus olas.

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Published in: on 14 mayo 2009 at 12:42  Dejar un comentario  
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Sin título nº 11

Sin título nº 11

Published in: on 6 mayo 2009 at 11:30  Dejar un comentario  
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“La Negra III”

Entre caña y caña di largos paseos por el pueblo y los alrededores. Conocí a los pocos que se dedican a la agricultura, en la falda de la montaña; y a pesar de que se les consideran unos vecinos más, no se les termina de integrar. Todos son amigos, es verdad. Paran en la misma taberna; aunque eso no significa nada, es la única que hay. Llevan generaciones viviendo juntos y, sin embargo, algo los separa. La mar. Ella marca la diferencia entre unos y otros. También los separa el cementerio. Los labradores descansan en tierra sagrada mientras que la mayoría de las familias de los pescadores se tienen que conformar con una lápida sobre una tumba vacía. Los cuerpos descansan en el fondo, en la inmensa fosa líquida que los acuna y les cuenta historias de barcos hundidos y tesoros ocultos; o quizá sólo les hable de caladeros fructíferos, donde la pesca nunca se agota, y de donde vuelven los barcos repletos de peces. Esas sí son buenas historias. Y la mar, como buena madre, seguro que se las contará a sus hijos para hacerlos sentir bien. Como la madre que cuenta cuentos a sus hijos para hacerles olvidar el hambre y el frío. Para que sueñen con paraísos perdidos, recuperables sólo cuando es ella la que habla y acaricia la cabeza con ternura. También la mar puede ser tierna con sus hijos, cuando ya los tiene en su regazo para siempre.

Conocí el río, que baja un tanto cabreado, tal vez por abandonar aquellos paisajes montañosos tan bellos. No es una montaña abrupta que de miedo, al contrario. Es una montaña suave, cubierta de venerables castaños, hayas y robles. Se cuenta que antiguamente había sido un lugar sagrado para los primeros habitantes de la zona. Y no me extraña. Allí se respira paz, y te pone en contacto con otra realidad. No es que el tiempo se detenga, simplemente no existe. La vida transcurre de igual manera que hace miles de años. Sólo el reloj biológico se hace notar, señalando la actividad de los pocos seres humanos que viven en su interior. Porque está habitada. Es otra raza. Su aspecto difiere del de los demás. Quizá en la actualidad no tanto como podría haberlo sido en el pasado, pero sin duda son distintos. Y de hecho así se los considera. Ya no se les tiene el odio que en otros tiempos padecieron. Ya no se les considera culpables de todas las tragedias que caen sobre el pueblo, para eso tienen a La Negra; pero los más viejos recuerdan aún cuando la presencia de aquellos en el pueblo era motivo de disputa. Son herreros, los que viven en la zona intermedia, y fundidores, los que viven en el interior de la montaña. Sacan de la tierra el hierro y lo transforman en herramientas. Sin embargo esa unión con las fuerzas generadoras y transformadoras de los secretos de la tierra, era lo que asustaba a aquellas gentes. No puede ser que un hombre, normal y corriente, fuese capaz de llevar a cabo solo aquella empresa. Necesariamente tenía que existir la colaboración de algún ser sobrenatural y puesto que el elemento catalizador es el fuego, acordaron que la intervención sobrenatural no podía ser otra que la del diablo. Esa era la causa de que se les aislara en la montaña y de que se les tuviera recelo cada vez que bajaban al pueblo, a pesar de que todos reconocían la utilidad de su trabajo. Hoy ya no es así, afortunadamente. Aunque se les sigue considerando un tanto extraños. Tampoco su conducta ayuda mucho. Se sienten cómodos en su aislamiento; y la endogamia sigue siendo habitual, a pesar de que muchos jóvenes buscan pareja en el pueblo, o en otros pueblos vecinos. Y a pesar de que la emigración hace mella en ellos más que en cualquier otro grupo de la zona.

También cuentan terribles historias de desencuentros. De venganzas antiguas que secaron el alma. Pero prefieren no recordarlas.

También conocí el famoso molino. Es una pieza espléndida. Posiblemente del siglo XIII y aún en activo, aunque ahora se usa poco. Tengo que reconocer que Aurora supo buscar un buen marco para sus encuentros con la hada, aunque se llamara Manuel y fuera de Utrera, un pueblo muy respetable por otra parte. Da igual, el caso es que sentarse en el pequeño acueducto que desvía las aguas del río; oír el murmullo de los árboles que lo rodean y ver las truchas nadando tranquilas o remontando la corriente, fue la experiencia más tranquilizadora que tuve y que he tenido hasta ahora. He vuelto muchas veces desde entonces. Se me ha metido tan dentro que ya no me asombra. Como no me asombra ver mi reflejo en el agua; y como no me asombra ver mis manos juguetear con el anillo mientras mis pensamientos van más allá del anillo y de mis manos. Reconozco, no obstante, que si bien no logré ver a ninguna hada, si creí oír en una ocasión la voz de Aurora llamando apasionadamente a su amante. Y es que la historia de la hada y La Negra no llegó a cuajar en mí, supongo que soy un escéptico depravado y comprendo mejor las rijosidades de una joven con un desconocido, aunque se llame Manuel y sea de Utrera, que los malos efluvios insulares y las poco recomendables compañías de las hadas. Además, no me atraía en absoluto la idea de que un hada estuviera metida en un asunto tan poco edificante. Desde pequeñito me enseñaron que son seres bondadosos, que sólo se dedican a hacer felices a las personas desgraciadas. Aunque pensándolo bien, quizá nuestra hada haya hecho lo mismo y, al menos por unos días, hiciera feliz a Aurora con su cirquero, sacándola de su monotonía y haciéndola sentir todo aquello que intuía y no sabía dónde buscar. O quizá no quería buscar entre aquella gente tan cercana y tan igual a ella. Lo exótico siempre es maravilloso, y a sus dieciséis años, no había conocido nada más exótico que la aparición de aquel circo por la carretera que lleva al puerto, no había conocido nada más maravilloso que aquel mozo, tal vez moreno y zalamero, con la experiencia que recorrer el mundo y vivaquear te da. Los ojos de Aurora lo habrían convertido en algo poco menos que los aventureros de películas que conocía, y cuyas fotos pegaba en el interior de su armario.

El molino, rodeado de montañas y encarando al mar, fue mi lugar preferido desde el primer momento. Si bien la paz completa duró poco. Cuando Juan observó que era allí donde me retiraba, acudía cada vez que podía a instruirme, como le gustaba llamar a nuestras conversaciones. Y si alguna vez me resultó simpática su afición a contar historias, la verdad es que la mayoría de las veces me resultaba molesta su compañía. Era un buen hombre, por supuesto, pero demasiado crédulo. Demasiado fatalista. Me recordaba al coro del teatro clásico griego; siempre portavoz de la voluntad de los dioses, siempre interpretando la voluntad de La Negra. Lo hacía tan vehemente, que llegué a pensar que el único gafe del pueblo era él, y no aquella dichosa isla, sola en su lejanía y sin más pecado que su nombre, que seguro se lo habría puesto Juan.

Published in: on 6 mayo 2009 at 11:15  Dejar un comentario  
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Sin título nº 10

Sin título nº 10

Published in: on 5 mayo 2009 at 11:32  Comments (2)  
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Más sobre Leonor

La barra está como siempre, algo pegajosa. Es admirable la capacidad que tienen algunos tasqueros para mantener la barra tan asquerosa a pesar de estar pasando el trapo continuamente. Debe ser secreto del oficio, algo que se aprende en algún extraño rito de iniciación. Aún así es difícil de conseguir. Por lo demás no está mal. La misma gente en los mismos bancos. El mismo olor, mezcla de tabaco, cerveza y alguna tapa de cocina que nunca se llegó a identificar.

Pepe friega algunos vasos, es su hora. Eso dice siempre. En realidad no sabemos cuándo es la hora de fregar Pepe. Igual no para nunca, que deja amontonarse decenas de vasos en inestable equilibrio. Forma parte de las tradiciones no respetadas de las que todos hablan. Hay una especie de sentimiento de tradición, falso, pero que sirve para que se sientan integrados en un club selecto y excluyente.

Había mucha tristeza en aquel bar.

Ese fue el mundo de Yago, y era el mundo de Leonor. No tienen otro. No les han dejado otro.

Entró saludando, como siempre hacía. Y todos respondieron, siempre lo hacían. Se sentó en su taburete, como siempre. Y como siempre Pepe le puso una cerveza delante. Todo es como había sido desde siempre. Y sin embargo lo siente diferente. Algo ha cambiado. Por primera vez se dio cuenta de que Yago no estaba allí. Se descubrió mirando hacia el rincón dónde solía sentarse. Y se admiró de poder recordar que era allí, precisamente, dónde lo veía cada tarde.

Preguntó, – ¿Te acuerdas de Yago, el que se sienta en aquel rincón, sabes por dónde anda ahora? Pepe no le supo responder. Nadie sabía dónde estaba ni dónde vivía. Ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo sobre su aspecto. Leonor se sintió aún más triste. Se quedó mirando y tuvo lástima. Nadie debe ser ignorado de esta manera.

Empezó a sonar la música. Llegaron los habituales que faltaban. El mundo del bar empezó a rodar, y Leonor quedó atrapada en la rutina de todos los días. Olvidó a Yago. Es inconstante, tristemente inconstante.

La luz es amarillenta. No sabe si siempre ha sido así, o era el ambiente que estaba muy cargado. Quizá es la noche que entra sin permiso por la puerta abierta. No se deben dejar abiertas las puertas.

La noche en el bar siempre es especial. Tal vez la suma de tantas soledades oscurece un poco el aire. A esa hora todo se calma un poco. También Leonor lo nota. Pasea entre las mesas arrastrando los pies en una danza triste. Bebe con desgana y fuma un cigarrillo tras otro. Mecánicamente. También esta noche lo hace. Sólo que entre las mesas busca a Yago…

Es extraño el amor. Es casi una droga. Crees que puedes dominar a la persona que tan generosamente se ofrece a ti. Y quizá sea cierto. Tal vez se pueda dominar sin límites los sentimientos de alguien cuando se rinde de esa manera. Así lo sentía Leonor. Una fuerza desconocida se había apoderado de ella, y jugaba al juego más peligroso; amar.

Se había enamorado de Yago. Fue su gran equivocación. De momento piensa que es la mujer más enamorada del mundo. Y empieza a sufrir por ello.

Sentirse amada le ha dado la oportunidad de poder fingir amor. Ahora pretende moldear ese amor a su conveniencia.

Mientras paseaba entre las mesas iba formando la imagen de los enamorados. Y empezó a imaginar que también ella había querido a Yago. En silencio; secretamente.

Ese es el poder de sentirse amado. Ese es el poder que ahora experimenta. Y como siempre, ya no distingue la realidad.

Leonor en el bar ama. Siempre ha amado, ahora lo recuerda. Siempre ha estado al lado de él, esperando. Y siempre ha sufrido por ese amor.

Al leer las cartas y comprobar que también él estaba enamorado, se ha sentido feliz.

Ese es el poder de sentirse amado.

8 de enero

Ya han vuelto los niños al colegio. Me han despertado sus algarabías. Y he recordado que también yo debo volver. No puedo demorarlo más. Aunque me duela como nunca tener que dejarte.

He decidido que leas mis cartas. También los poemas, que tantas lágrimas me han costado. Pero por si acaso sólo te mando ésta, quiero que sepas que nunca he dejado de quererte. Ha sido mi desgracia. También mi alegría. No me ha tratado bien la vida. No ha sido culpa tuya, es verdad. Aunque tampoco has ayudado a hacérmela más fácil.

Siempre te he querido, ya lo sabes. No a la Leonor que bebe y escandaliza, sino a la que siente con pasión la vida. He saboreado tu dulzura día a día.

Eres mejor de lo que creen. Mejor de lo que tú crees. Ocúpate de seguir siendo tan maravillosa. No te preocupes de nada más. Y piensa que te he querido como nadie. Que te seguiré queriendo, aunque ya no esté a tu lado.

Tengo que partir, se ha acabado mi tiempo. También a ti te lo tengo que agradecer. Tu amor me ha liberado. Algún día lo comprenderás.

Nunca cambies Princesa.

Yago

Siendo inconstante, como era, no tardó en olvidar el tema. Y se conformó con hablar de su amor por Yago con cualquiera que quisiera escucharla. Cuanto más hablaba, más grande era la pasión que había sentido por él. Todos la creían.

Pasaban los días y el amor de Leonor se hacía legendario. Tanto, que se incorporó a las tradiciones del bar. Se unió a "la hora de fregar Pepe", al "llorón del fondo" y al "espíritu de fraternidad". Tradiciones tan falsas como aquel amor. Pero así son las cosas.

Published in: on 5 mayo 2009 at 11:19  Dejar un comentario  
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Sin título nº 9

Leonor

Published in: on 1 mayo 2009 at 14:01  Dejar un comentario  
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Palabras sobre Leonor

No es fácil escribir sobre algo que no se conoce bien, y a Leonor no la conocía bien nadie. Decir que bebe, que es promiscua, no es suficiente. Todos, incluso ella, llevamos algo dentro que nos hace únicos y especiales. Y Leonor era única y especial.

No fue fácil su vida. De sus tres matrimonios sólo sacó hijos, malas experiencias y la afición por la bebida. Es oscura, no sólo por su vida, también lo es por su interior; amargada, resentida. Ni sus hijos la sacaban de los negros pensamientos que flotaban entre las risas y los sobeos.

Su aspecto, desaliñado, le da un aire de desenfado que no es más que dejadez. Siempre descalza, para sentir la tierra; y siempre borracha, para sentir la vida a su alrededor.

Aún así, desprendía algo de primordial, de esencia primitiva que la acercaba a los instintos. Se mueve por impulsos. Tiene sed, bebe. Tiene hambre, come. Necesita sexo, lo busca con angustiosa necesidad, sin detenerse a pensar en el dolor. Sólo Yago imaginaba las lágrimas que se escondían detrás de tanta lujuria…

No creo que merezca la pena saber más de su vida., nunca la tuvo. Era una persona que envenenaba el aire.

A los pocos días de desaparecer Yago recibió un paquete. No traía remitente. Al abrirlo encontró varias carpetas, con su nombre escrito, y un montón de cartas, metidas en sobres sin sellos.

Le extrañó, aunque no mucho. Hace tiempo que se asombra poco de las cosas.

Al leer aquellos versos fue recordando al extraño personaje. Las palabras fueron resbalando por su alma y la empapó de sentimientos que no recordaba.

Leonor no había leído poesía nunca. No lee nada. Pero le prestó atención a las cartas. Empezó por ordenarlas.

Cogió una cerveza. Encendió un cigarrillo. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, y comenzó a leer:

Querida Leonor…

Sé que no me conoces. Quizá nunca me conocerás, aunque pases a mi lado todos los días, como haces. No echaré esta carta al correo y no tendrás oportunidad de leerla. La escribo sólo para mí. Para hablar contigo sin que nos molesten tus amigos, y sin que des media vuelta y me dejes con la palabra en la boca.

Lo único que tengo que decirte es que te quiero. Sin motivos, sin esperanza. Sólo que te quiero. Y me gustaría ver tus ojos, cuando te asomes a mi alma y veas cómo arde el Lago en la tarde.

Cuando te vi pasar pensé que eras mía. Tú no lo sabes, pero hace tiempo que te observo cuando entras en el bar, rodeada de admiradores que se empeñan en besarte a toda costa. Y observo cómo te dejas hacer; con desdén, con indiferencia. Regalando tú presencia. Y te oigo reír. Tu risa es maravillosa, aunque me recuerda a un grito. Tal vez sea el grito de mi amor, aún no lo sé.

Al verte pasar hoy he sentido algo extraño. Me has parecido más cercana, y he decidido escribirte para decírtelo, aunque no leas jamás esta carta, y aunque no entiendas lo que de mí va en ella.

Cae la noche y tengo que dejarte. Te voy a soñar. Viajaremos lejos, como siempre. Algún día lo recordarás.

Hasta siempre.

A Leonor le resbalan las lágrimas por la cara. Ha dejado la cerveza y el cigarrillo se ha convertido en un gusano gris sobre el cenicero.

Leonor llora.

Aparta el cajón con las cartas, y se observa los pies. Siempre lo hace cuando piensa. Le gustan. Se levanta, camina. Y no hay forma de que recuerde quién es Yago. Y le duele. Tendría que preguntar en el bar. Tendría que hacer tantas cosas…

No sé si debería seguir. A veces pienso que es inmoral inmiscuirse de esta manera en los sentimientos de los demás. Quizá la excusa literaria no sea suficiente.

He dicho que Leonor es oscura; no es verdad. Quizá su luz no se vea. Quizá su amor sea tan profundo que cueste llegar a verlo. Pero allí está. No me refiero al amor por sus hijos, eso se le supone, es una buena madre. Es al amor-raíz, el amor-agua, el que esconde con vergüenza. Y tanto tiempo lleva haciéndolo, que ya no recuerda dónde lo dejó. Tal vez en alguna barra, o en algún hotel. O al salir de la iglesia, la primera vez que se casó. Lo mismo da. Se viste de "Leonor" cada día, sale a la calle, y representa su papel como una profesional. Como todos. Como Yago, cuando paseaba para verla, sabiendo que no le haría ni puñetero caso. Leonor no existe. Ninguno existimos, o somos tantos a la vez, que el resultado es el mismo.

Cuando Leonor leyó la primera carta, sintió que estaba rota. Por eso lloró.

Quedaban muchas cartas por leer. Leonor rota no es capaz de seguir adelante. Leonor rota necesita esperanzas y no sabe dónde encontrarlas. O quizá sólo necesita una; sólo una, que la salve.

Leonor rota da vueltas; fuma, bebe, se mira los pies mientras piensa. Leonor rota ya no está. Y sin embargo decidió ir al bar para preguntar por Yago. Alguien sabría algo de él.

Published in: on 1 mayo 2009 at 13:50  Dejar un comentario  
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Sin título nº 8

Sin título nº 8

Published in: on 30 abril 2009 at 9:59  Dejar un comentario  
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“La Negra II”

En aquella taberna un viejo marino llamó mi atención sobre la isla, que se divisaba en el horizonte a través de la cristalera. Con el trastorno de la avería, la inseguridad del mecánico y la inconveniencia de tener que quedar varado en aquel puerto, no había reparado en aquella presencia lejana.

Hay que reconocer que envuelta en la bruma, como estaba, tampoco era fácil verla para un forastero. El caso es que Juan me la señaló, y como si me hiciera una confesión, me susurró al oído que aquello había causado todos mis problemas. Llegó a asegurar que por culpa de La Negra había acabado allí con él y que alguna desgracia me había puesto en camino hacia aquella zona tan alejada de cualquier parte.

Evidentemente Juan no sabía nada de mi vida, y yo, a pesar de la caña que tenía en el cuerpo, no me había permitido ningún desliz. Sólo era la primera vez que nos emborrachábamos juntos, y aunque la confianza aumentaba, no era aún la suficiente como para contarle que el trabajo no iba bien, y debía buscar clientes desesperadamente. Eso, o tendría que cambiar el lujoso coche por una pequeña barca y dedicarme a la pesca de la sardina en noches claras de verano. Tampoco tenía porqué contarle, y no lo hice, que mi novia me había dejado por un doctor de clínica privada, más ejecutivo que médico. Y por supuesto no le conté nada de mi poco afortunada aventura con una jovencita, poseedora de todos los encantos, de buena familia, y que resultó ser el hijo menor de mi jefe; que compaginaba los estudios de Arte Dramático con aficiones nocturnas un tanto peculiares. La relación con Alberto, que para mí era Rosa Mari, fue tumultuosa aunque breve. Tras una discusión por celos, como casi siempre, se empeñó en presentarme a sus padres. Yo accedí, estaba en plena reconciliación y dispuesto a darle a Rosa Mari todo lo que me pidiese. Todo empezó a ir mal cuando reconocí la casa dónde me llevaba. Y todo terminó cuando me presentó a mi jefe como su padre. Y no es que don Alberto no me quisiera como yerno, que sí me quería, y se le veía muy contento al hombre al ver a su hijo feliz. Fue sólo que me dio miedo pensar que podía acostarme con Rosa Mari y levantarme con un camionero que se pelearía conmigo por las maquinillas de afeitar. No obstante, a don Alberto no le pareció bien que dejara a su hijo, aunque me comprendía -según me confesó- pero la familia es la familia y tenía que proteger a Albertito. De manera que aprovechando una bajada en los negocios, me mandó al norte para buscar proveedores de cocotxas y poder abrir una planta de fabricación de extracto seco de cocotxas para perros. El futuro. No quedarían ningún Albertito ni ninguna Rosa Mari que no les quisieran dar cocotxas a sus animalitos.

Juan, por su parte, sí se permitió alguna distracción conmigo, Y pude enterarme, un poco de tapadillo, de la desdichada historia de Aurora, la madre del “hijo de La Negra” y la hija de Montxo, el gentil tabernero que me ofreció su casa y que se dedicaba con esmero a proveerme de aguardiente de caña, el verdadero elixir de la vida, según él. El caso es que Aurora, por entonces una joven de dieciséis años, empezó a frecuentar el molino que hay a las afueras del pueblo. Un antiguo molino que aprovecha el agua del único río que baja por la montaña y donde, según dicen, habitan las hadas. Por supuesto en uno de sus pozos está escondido un tesoro que en tiempo de los moros guardaron para que ellos no lo encontraran. Tan bien lo guardaron, que hasta hoy nadie ha sido capaz de dar con él. Pero bueno, esa es otra historia. El caso es que Aurora empezó a frecuentar el molino, y cada vez a horas más intempestivas. Más de uno la vio volver sobre las dos de la madrugada y con una extraña sonrisa. Sonrisa que unos decían de felicidad y otros que se debía al trato con las hadas que allí vivían. Y como a nadie le gusta interferir en las relaciones entre un mortal y un ser sobrenatural, a Aurora la dejaron tranquila con sus paseos nocturnos. Todo iba bien; Montxo contento porque un ser maravilloso había elegido a su hija por amiga. Su madre, porque pensaba que todos los mozos querrían ser novios de una moza que tiene tratos con una hada; y por supuesto Aurora, que en los ratos en los que no estaba en el molino, servía en la taberna con una alegría que nadie le recordaba. Todo iba bien; hasta que una noche Aurora no salió, como de costumbre, a dar su paseo al molino. Se quedó en casa, triste, encerrada en su habitación llorando y sin querer hablar con nadie. Montxo se asomó a la ventana y vio como La Negra se recortaba, más negra que nunca, sobre el horizonte; Iluminada por una espléndida luna, que si ni hubiera sido por tan mal agüero, hubiese sido una delicia para los pescadores. Esa noche fue -precisamente esa- la noche en que la joven Aurora comprendió que estaba embarazada. Y tan lejos llegó la mala influencia de la isla que Juan recordaba, incluso, que el circo que estaba acampado al lado del molino abandonó el pueblo, dejándolos a todos sin alegría; no hay espectáculo más alegre que el circo, como todo el mundo sabe.

Pasaron los días sin que las piezas de recambio llegaran. Mi amistad con Juan fue en aumento, y mi afición al aguardiente de caña, gracias a Montxo, se hizo casi patológica. Todo perfecto. Durante algún tiempo, mi estancia se prolongó casi un mes -¡y aún tuve suerte!-, nadie sintió la necesidad de hacerme más comentarios sobre la dichosa isla. En esos días de aparente calma, pude disfrutar del pueblo. De su paz, cuando todos pescaban; de su algarabía, cuando volvían de dejar el pescado, y los jóvenes jugaban al futbolín, el único que hay en el pueblo; cuando los mayores agotaban las existencias de aguardiente, soportando las impertinencias de Manolito. Ese era el verdadero nombre del “hijo de La Negra”. Algunos escépticos, siempre los hay, pensaban que el nombre del niño podía orientar sobre el causante del embarazo de Aurora. No era muy corriente ese nombre allí, de hecho ningún habitante se llama de esa manera. Y dentro de los escépticos, los más depravados, recordaban que un mozo del circo que acampó hace unos años se llamaba Manuel. Naturalmente hacían oídos sordos, y sonreían maliciosamente dando a entender que se trataba de habladurías de quienes no pudieron llevarse a Aurora al catre.

Published in: on 30 abril 2009 at 9:41  Dejar un comentario  
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Sin título nº 7

Sin título nº 7

Published in: on 30 abril 2009 at 9:34  Dejar un comentario  
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