Pretérito Imperfecto

Yo era… ¿Te acuerdas? La noche era oscura: el bosque espeso. La noche era oscura. Ya lo he dicho.

Yo era un Caballero. Cabalgaba. Recuerdo que cabalgaba en la noche con el viento en la cara. Cortaba como cuchillos. Es verdad. También es verdad que nunca me esperaste. Y me hubiera gustado. La Luna reinaba en aquella noche con hermosura.

Yo era el Caballera que surgía de entre las sombras. Y tú eras el grito. El inmenso grito que parían las montañas durante las tormentas.

Yo era… Jamás me creíste. Saltaba sobre las pesadillas sólo para poder olerte; y tú, ingrata, ni siquiera levantabas los ojos para mirar mi amargura. Y sin embargo fui. Sé que fui durante mucho tiempo. Tenía una vida. Una historia. Un pasado. A veces incluso tuve amigos.

¡Era, tuve, fui…! El eterno pasado El perfecto tiempo verbal. Y nunca me esperaste. ¡El Caballero que regresa! Y el Caballero está solo.

La casa parece abandonada. Los reflejos de la Luna le dan un aspecto extraño. Tal vez allí fuimos felices. Tal vez. O quizá no. Quién sabe. Los Caballeros no deben pensar en eso. Pero parece abandonada. O como si nunca hubiera sido habitada. Como si hubiera escapado de algún relato alrededor de una hoguera. También la casa está sola. El Bosque, como todos los bosques, se la traga en silencio. La abraza con cariño, casi con lujuria. Pero está sola. Es la imagen evocadora de lo que pudo haber sido. Al final, las casas están solas. Como los Caballeros y los gritos.

Yo era… Y es verdad, aunque duela. Y jugábamos. Y nos llamaban de lejos; y nos esperaban para merendar en algún claro. Y alguien, no sé quién, vigilaba. El Caballero jugaba en el Bosque dentro de la casa.

Se veía el Lago por la ventana. Cuando era Caballero soñaba con la otra orilla. No por aventura. Por curiosidad. Por ver si allí era otra la casa. Quizá, en la otra orilla, alguien esperaba mi regreso. Las “otras orillas” nos vigilan siempre. Y yo, Caballero, viajaba por todas las orillas del Lago buscando a mi Dama. Nunca supe si la encontré. La casa siempre estuvo vacía. El Lago, por la ventana, era algo que sólo alegraba a mis ojos. Y sólo mi espada reposó en la pared.

Cuando alguna barca se aventuraba cerca de mi Bosque, sonaban trompetas de guerra desde la barbacana. Entonces era el “Terrible Caballero” que ajusticiaba a los incautos y ventajistas. Era mi Lago. Mi sueño. Y mi grito. Nadie tenía derecho a estar allí. Los barcos hieren. Lo sé. Llegué a aprenderlo. Aunque tú decías que eran hermosos. Nunca fuiste buena para los juegos. Y se te notaba. Cuando el reflejo de una vela arañaba mi cristal, tú saltabas de alegría. No sé si por gozo o por venganza. Pero hasta tú placer era mi grito.

La poesía y el Caballero siempre cabalgaron juntos. También el amor; pero esa fue otra historia. Recuerdo aquellos versos. Hubo más. Muchos más. Aunque los primeros se recuerdan con pasión. No eran buenos. Es verdad. Y quizá ni siquiera reflejaran mis sentimientos. Sólo eran mis versos. Y en ellos te rezaba. Ahora sé que era eso lo que hacía. Rezarte. Tampoco ahí me acompañaste. No eras buena en el juego. Ya te lo he dicho. ¡Y el Caballero soñaba sueños imposibles!

En aquella casa, vacía, te imaginaba. Cuando caía la tarde y el Lago ardía, yo, “Terrible Caballero”, te imaginaba a mi lado. Aún así te soñaba lejana. Los amantes siempre se sueñan lejanos. Tal vez la cercanía los arruga un poco.

Eras la Reina del Bosque. A mi lado recorrías las orillas del Lago descubriendo tus sueños. Y en la casa encendíamos un fuego real, acogedor, que recordaba los hogares que habíamos visto tantas veces. Entonces empezaba mis relatos. Trozos de mi vida se deslizaban sobre ti al calor de la hoguera. Yo era… ¿Recuerdas ahora? Tú mirabas por la ventana y me hablabas de la verdad. Y nunca comprendiste que no imaginaba nada. No sabías jugar. Por eso tuve que soñarte. Tuve que imaginarte sobre nubes. Tuve que sentirte mía para no abandonar aquella casa que sólo yo habitaba. Y los versos seguían rodando sobre el papel para traerte un poco más; cada vez un poco más a mi lado. El Caballero y la poesía siempre cabalgaron juntos. Así fue y así seguirá siendo. Aunque tú, ahora, quieras llevarme por otros caminos. No es este el juego. Ya te lo he dicho.

El Lago arde. Se ve por la ventana. No me digas que es el reflejo del sol. El Lago arde. Y a la entrada del Bosque una Serpiente me espera. Da igual lo que digas. Tú nunca la has visto. Sólo los Caballeros la ven. Y sus Damas, cuando van con ellos. Pero tú no la has visto nunca. No entenderías sus palabras, ni su música. No sabrías nunca el amor que derrama. Sin más. No espera nada de nosotros. Está ahí para decirnos un verso, o una oración. Qué más da. Incluso en silencio la sientes dentro de ti. Ella sí es una buena amante. Nunca pregunta. Tampoco nunca lo necesitó. Te envuelve, te abraza y el tiempo gira a su alrededor. Loco. El tiempo gira loco; aunque tú me digas que eso no es real. Cuando ella te abraza, gira. Y con él, el corazón.

Y sigues sin comprender que el Lago arde. ¡Los Lagos siempre arden en las tardes!

Yo era… ¿Recuerda? Corría contigo por aquel camino. Nos gustaba correr entre los árboles. Entonces me adelantaba y hacía como que me perdía. Me gustaba ver tu cara de asombro. Luego de miedo. Nunca supiste vivir en el Bosque. Te aterraban sus brazos. De repente aparecía, salvándote de peligros imaginarios. Y seguíamos corriendo hasta la orilla. Allí veíamos barcos fantásticos, que traían tesoros lejanos. O extraños personajes; que arribaban, sin pasado, buscando a su Reina.

El Lago ardía. Tú te acercabas a mí y hablabas del amor. Del amor que recuerda al fuego del Lago. Lo recordaba tanto, que con sólo verlo te ardía el corazón.

Te lo decía entonces, ¿recuerdas? Los Lagos arden y las personas se aman. No lo comprendías, ya lo sé. Y sin embargo, por unos instantes, algo brillaba en tus ojos. Pero duraba poco. En seguida volvías a la realidad. Al menos era eso lo que decías; la realidad. Había que vivir en la tierra. O con los pies en la tierra, como te gustaba decir. Yo nunca tuve los pies en la tierra. No me interesaba en absoluto. No era ésta mi tierra. Era la tuya. Y nunca supiste jugar.

Cuando sentías el amor a tu alrededor huías. Era tu manera de ser real. De nada servía que el Caballero corriera a tu lado para salvarte. Nunca sirvió que el Caballero se embarcara contigo hacia la Tierras del Norte. Sentías amor y huías. Con delicadeza, es verdad. Siempre fuiste delicada. Era tu gran virtud. Pero huías. Daba igual que la Naturaleza se aliara con el Caballero. Daba igual que el Bosque se abriera como una madre para acogerte. ¡Tenías los pies en la tierra!, y sabías lo que te convenía y lo que no.

Recuerdo como eras entonces y me da miedo. Te recuerdo a mi lado y me siento más solo que nunca. Jamás quisiste estar conmigo.

¡Yo era…! Y me llega desde atrás tu risa. Desde el fondo del tiempo te oigo reír a carcajadas mientras miraba triste por la ventana una casa que no asomaba a ningún Lago.

Por fin ganaste. Al final tu realidad ha podido con mis sueños. Conseguiste poner mis pies en la tierra. Pero o creas que te lo agradezco. La muerte nunca se agradece. Has convertido en fantasma al “Terrible Caballero”. Y en quimeras al Lago y al Bosque. Has matado lo único real que había en mí. Sólo la Serpiente sigue hablándome en las noches. Sólo ella sigue acunándome con cariño. Sigue cantándome mientras me tiene en su regazo. Maestra, espera a que un día sea yo quién consiga matarte. Espera que vuelva a nuestro mundo y a nuestro tiempo.

¡Yo era…! Y es verdad. Entonces era. Tenía vida aún. Tú intentabas agarrarme. Pero no tenías fuerzas. Yo era un Caballero que aguardaba a la entrada del Bosque. No debía dejar pasar a nadie. No podía que violaran aquel santuario dónde ella, Dorada, dormía.

Anuncios
Published in: on 19 mayo 2009 at 13:44  Dejar un comentario  
Tags:

Cuento

Las tardes se sucedían con increíble tranquilidad. Plácidamente se dejaba uno arrastrar por un suave sopor casi agónico. Fuera no era muy diferente; la plaza estaba matizada por la luz del final del verano, triste. Pronto habría que empezar de nuevo.

Mi mundo crecía desmesuradamente en verano. Salía por la mañana temprano y nada me impedía volver a la vieja casa. Las casas viejas son tristes, pero siempre queda alguna risa en un rincón que pasó inadvertida. O frases de amor escondidas en un cajón. A veces, con mucha suerte, y si la casa era muy vieja, incluso encontrabas algún misterio; sencillo, sin grandes tragedias ni asesinatos. Si acaso alguna infidelidad; Sospechada o sugerida por un retrato o una mancha.

Mi casa vieja no tenía nada, por eso me quedé en ella. No se oían risas; ni nunca nadie se amó allí. Mi casa sólo era vieja. Pero cuando llegaba todo era distinto. Me contaba historias, inventadas claro. Nunca me importó. Yo le contaba mi historia y nunca me compadeció.

Pero en mi casa vieja hay algo más. Hay paz; hay verdad. Está vacía, es cierto. Casi destruida, también lo es. El viento penetra por mil agujeros y el frío a, veces, se apodera de mis dominios. Y sin embargo es acogedora.

Parece que siempre hubiera tenido la misma apariencia. Sabe conseguir que me crea importante y siempre me dice que soy su único dueño. No es verdad, pero jugamos a pensar que sí lo es. Otras veces sólo me abraza. No me cuenta nada, si acaso, me canta algo triste. Son viejas canciones, como ella. No hay nada como una vieja canción para recobrar la paz.

Algún día, sin saber porqué, la Alegría levanta su tejado y penetra en mi casa. La Alegría es nuestra vecina, pero casi siempre está de viaje; así que cuando vuelve le preparamos una gran fiesta. A la Alegría le gustan mucho las fiestas, además tiene muchos amigos. Ese día se abren todas las ventanas. El viento se tranquiliza y sólo es una suave brisa que juega con nosotros a no dejarnos colocar las cadenetas de flores, o se esconde entre las puertas corriendo de un sitio a otro; entonces toda la casa se mece suavemente.

Después llegan la Alegría y sus amigos. Lo alborotan todo, pero ese día no molestan. Incluso canto y bailo. Me cojo del brazo del Amor y la Felicidad y, juntos los tres, saltamos por las escaleras y bebemos y reímos. Al final hacemos promesa de no separarnos nunca. Siempre me he despertado solo.

Las fiestas de la Alegría son muy agradables, aunque duelen luego. Al día siguiente se va. Muy temprano aprovecha algún cristal roto o alguna puerta entreabierta y vuelve a emprender su viaje.

Entonces nos volvemos a quedar solos mi casa y yo. Hay que continuar. Recogemos los restos que dejaron y los guardamos. Ya tenemos una gran colección de restos de fiestas. Tenemos risas, muchos tipos de risas; y besos. Los hay entrañables, sinceros; son los que más valen. También los hay un poco locos. Tenemos besos nocturnos, con lágrimas en los ojos. Y besos de a diario, un poco gastados.

También guardamos frases de agradecimiento; duelen. Y frases tontas con olor a vino. Algunas veces olvidan un abrazo. Esos los guardamos a parte, no hay muchos, por eso les tenemos más cariño. Tenemos algunos abrazos dejados por la Alegría, y algún que otro dejado por equivocación. También sirven. De lo demás no vale nada. Los gritos los tiramos, no nos dejan soñar. Las promesas tampoco, nunca se cumplen. Las bromas del Amor ya no nos hacen gracia, así que las quemamos junto a alguna promesa de la Felicidad y a alguna ironía del Destino, otro invitado que nunca falta a las fiestas.

Este trabajo nos ocupa sólo un día. Después todo vuelve a ser como antes. Las ventanas se cierran, el viento vuelve a soplar con fuerza y nosotros seguimos charlando. Entonces me habla de aquel tiempo, cuando era un gran castillo. De cómo pintaron sus paredes de verdad. Hasta me cuenta su historia con el sombrero de copa, cuando lo olvidaron en una de sus ventanas. Fue entonces cuando aprendió a sonreír. Y cuando decidió ser inmortal. Quiso ser águila, pero cuando estuvo en el aire se le escapó la realidad, se sentía distante. Quiso ser caballo; galopaba por grandes extensiones o paseaba por maravillosos bosques. Pero el caballo tiene un formidable enemigo; La Muerte. La Muerte busca siempre un caballo para galopar. Quiso ser árbol para llegar al cielo. Y playa, para mirar al mar. Fue roca para ser fuerte. Y aire, para penetrar en todos.

Yo escuchaba atento a mi casa. Cuando terminaba de contar su historia el dolor de la fiesta había desaparecido. Pero teníamos pocas visitas. El resto del tiempo lo pasábamos jugando con algunos de mis viejos fantasmas. De vez en cuando volvían y, a pesar de ser tan viejos, aún eran capaces de asustarme; por poco tiempo, enseguida los reconocía. Por unos días nos hacían compañía. Jugaban con el sombrero. Y un buen día se marchaban.

Las tardes se suceden con increíble tranquilidad. Plácidamente se deja uno arrastrar por un suave sopor casi agónico. Fuera no es muy diferente; la plaza está matizada por la luz del final del verano, triste. Pronto habrá que empezar…

 

Published in: on 18 mayo 2009 at 13:19  Dejar un comentario  
Tags:

El Sueño de Adamo

Colgado de la montaña, sobre el mar, hay un pueblo en el norte. Su nombre no importa. Lo tiene, evidentemente, pero para lo que voy a contar no es necesario conocerlo. Basta saber que pese a estar junto al mar, no tiene puerto, ni sus habitantes se han dedicado nunca a la pesca. Horadan la montaña sacando carbón, que transportan por abruptos caminos a lomos de mulas. Hace tiempo una empresa les ofreció la posibilidad de construir un muelle de carga en la ensenada, para favorecer el traslado y aumentar los beneficios, pero se negaron. Es curioso el odio que le tienen al mar, aunque llevan juntos toda la vida. Ellos no navegan y el mar no los molesta. Ese es el pacto. Siempre ha sido así. Durante la última tormenta, en el invierno pasado, una marejada enorme arrasó los pueblos limítrofes. Pero nuestro pueblo salió indemne, milagrosamente. La marea no subió más de lo habitual. Nadie se lo explica. El acontecimiento fue noticia en todos los periódicos de la región, incluso se reseñó en algún “telediario”. Pero no se le dio más importancia. Nuestros paisanos sí saben la explicación, pero nadie les creería.

Allí me contaron muchas leyendas. Y al contrario de lo que se podría creer, todas tenían relación con el mar. En ninguna se hacía mención a la mina, o al frondoso bosque que lo rodea. Ni cuentos de animales propios de la zona montañosa. Nada de lobos ni osos; ni de hombres-lobos ni brujas con calderos. Y eso que los lobos y los osos abundan en los alrededores; y a pesar de que algunos paisanos podrían pasar por brujas y licántropos, con perdón.

Los protagonistas de los cuentos son fantásticos seres marinos; sirenas, tritones… Tiburones hambrientos y ballenas místicas que cargan con el mundo sobre sus lomos. Hadas malvadas que viven en las cuevas de las morenas y dioses crueles que juegan con la marea y hunden barcos.

Son cuentos con olor a sal y a madera mojada. Cuentos de enlutadas y huérfanos tristes. De mujeres duras que maldicen a Dios y a los dioses y a la madre que los parió.

Pero también historias simpáticas, tan increíbles como las demás, que les hacen olvidar un poco la dureza de la mina y la mula. Que los reconcilian con el mar; que los trasladan al tiempo antiguo en el que convivían pacíficamente sin necesidad de pactos. Cuando mar y hombres se querían, y sólo el tiempo pasaba. Uno de aquellos cuentos era el de Adamo, el hombre que quiso ser isla.

Cuentan que Adamo era uno de los primeros mineros que se instaló en la montaña. No sacaba carbón, entonces no se dedicaban a la tarea humillante de deshacer la gran mole que domina sobre el mar.

Adamo extraía mineral de hierro. Poca cantidad. Decía de sí mismo que era un artista. En el mismo centro de la montaña elaboraba el hierro hasta convertirlo en bellas olas marinas, que a modo de collares y brazaletes, colgaba de su cuello y sus brazos. Después bajaba a la aldea y cantaba y bailaba como si la marea lo empujase de un sitio a otro con un movimiento constante.

Cuando el cansancio asomaba, se dejaba caer sobre el poniente. De manera que el sol brillaba, rojo, sobre las metálicas olas de Adamo.

Al menos una vez a la semana ejecutaba esta danza, mágica para él, y se dormía contemplando la puesta de sol.

Todos querían a Adamo. No porque los distrajera con sus canciones, sino porque era un buen hombre. A veces molestaba un poco cuando se empeñaba en contarte su sueño. Llevaba toda la vida contándolo, y cansaba la cantinela de “… y me convertí en una preciosa isla”.

Nadie comprendía por qué un hombre querría convertirse en isla. Pero querían a Adamo, y se alegraban cuando lo veían llegar, rodeado de su pulido oleaje; y danzando suavemente. Como si fuera el eco de un mar tranquilo.

Adamo se internaba cada día en la montaña y en su seno, entre el fuego y la tierra, aprendía los misterios de la vida. Y los misterios de los sueños.

Una noche, Adamo, encontró la piedra más bella que jamás había visto. Era plata, y puede que se la arrancara a la Luna algún enamorado.

Avivó su fuego, y poco a poco fue fabricando las olas más hermosas, más brillantes, más puras. El rojo del fuego lo reflejaban como si se trataran de diamantinas gotas de rocío sobre un prado blanco.

Adamo no cabía en sí de felicidad. Aquel era el mar que había estado buscando. Era el mar de sus sueños. El que trataba de imitar bruñendo el hierro hasta el infinito.

Cuando acabó, se fue adornando con ellas muy despacito, como si rezara. Y con cada ola que se colocaba, le crecía dentro un trozo de mar.

Bajó a la aldea y bailó el último baile. Cantó la última canción; un poco triste, pero sereno. Tras la postrera pirueta se alejó al poniente y se recostó mirando al sol. Los aldeanos se retiraron, agradecidos a Adamo por el espectáculo maravilloso que había representado para ellos.

Cuentan que a poco de amanecer, un gran revuelo se vivió en la aldea. Al poniente, sobre el horizonte, se veía una gran isla. Grande, como una montaña. Y las olas, al romper sobre ella, recordaban los collares de olitas con las que Adamo se adornaba para sus fiestas.

Pasaron muchos días buscando a Adamo para mostrársela. Pero no aparecía por ninguna parte. Cuando encontraron su fuego apagado, en la montaña, pensaron que habría sufrido un accidente.

Lloraron; más que nada porque no había podido ver aquella aparición. Aquella majestuosa isla que sin duda le habría hecho feliz. En su recuerdo la bautizaron como “la isla de Adamo”. Y todas las tardes el sol se despide con reflejos rojos y plata sobre las olas que acarician su playa.

Cuando terminan, una sombra de triste nostalgia les velan los ojos. Quizá añoran aquella época en la que el mar y el hombre eran felices juntos. Cuando convertirse en isla sólo era cuestión de soñarlo y pedirle ayuda a la Luna.

También cuentan terribles historias de desencuentros. De venganzas antiguas que secaron el alma. Pero prefieren no recordarlas.

Al atardecer saludan a la isla de Adamo y renuevan el pacto hecho con el mar. Al atardecer, la isla se desangra con los últimos rayos sobre sus olas.

Published in: on 14 mayo 2009 at 12:42  Dejar un comentario  
Tags:

“La Negra III”

Entre caña y caña di largos paseos por el pueblo y los alrededores. Conocí a los pocos que se dedican a la agricultura, en la falda de la montaña; y a pesar de que se les consideran unos vecinos más, no se les termina de integrar. Todos son amigos, es verdad. Paran en la misma taberna; aunque eso no significa nada, es la única que hay. Llevan generaciones viviendo juntos y, sin embargo, algo los separa. La mar. Ella marca la diferencia entre unos y otros. También los separa el cementerio. Los labradores descansan en tierra sagrada mientras que la mayoría de las familias de los pescadores se tienen que conformar con una lápida sobre una tumba vacía. Los cuerpos descansan en el fondo, en la inmensa fosa líquida que los acuna y les cuenta historias de barcos hundidos y tesoros ocultos; o quizá sólo les hable de caladeros fructíferos, donde la pesca nunca se agota, y de donde vuelven los barcos repletos de peces. Esas sí son buenas historias. Y la mar, como buena madre, seguro que se las contará a sus hijos para hacerlos sentir bien. Como la madre que cuenta cuentos a sus hijos para hacerles olvidar el hambre y el frío. Para que sueñen con paraísos perdidos, recuperables sólo cuando es ella la que habla y acaricia la cabeza con ternura. También la mar puede ser tierna con sus hijos, cuando ya los tiene en su regazo para siempre.

Conocí el río, que baja un tanto cabreado, tal vez por abandonar aquellos paisajes montañosos tan bellos. No es una montaña abrupta que de miedo, al contrario. Es una montaña suave, cubierta de venerables castaños, hayas y robles. Se cuenta que antiguamente había sido un lugar sagrado para los primeros habitantes de la zona. Y no me extraña. Allí se respira paz, y te pone en contacto con otra realidad. No es que el tiempo se detenga, simplemente no existe. La vida transcurre de igual manera que hace miles de años. Sólo el reloj biológico se hace notar, señalando la actividad de los pocos seres humanos que viven en su interior. Porque está habitada. Es otra raza. Su aspecto difiere del de los demás. Quizá en la actualidad no tanto como podría haberlo sido en el pasado, pero sin duda son distintos. Y de hecho así se los considera. Ya no se les tiene el odio que en otros tiempos padecieron. Ya no se les considera culpables de todas las tragedias que caen sobre el pueblo, para eso tienen a La Negra; pero los más viejos recuerdan aún cuando la presencia de aquellos en el pueblo era motivo de disputa. Son herreros, los que viven en la zona intermedia, y fundidores, los que viven en el interior de la montaña. Sacan de la tierra el hierro y lo transforman en herramientas. Sin embargo esa unión con las fuerzas generadoras y transformadoras de los secretos de la tierra, era lo que asustaba a aquellas gentes. No puede ser que un hombre, normal y corriente, fuese capaz de llevar a cabo solo aquella empresa. Necesariamente tenía que existir la colaboración de algún ser sobrenatural y puesto que el elemento catalizador es el fuego, acordaron que la intervención sobrenatural no podía ser otra que la del diablo. Esa era la causa de que se les aislara en la montaña y de que se les tuviera recelo cada vez que bajaban al pueblo, a pesar de que todos reconocían la utilidad de su trabajo. Hoy ya no es así, afortunadamente. Aunque se les sigue considerando un tanto extraños. Tampoco su conducta ayuda mucho. Se sienten cómodos en su aislamiento; y la endogamia sigue siendo habitual, a pesar de que muchos jóvenes buscan pareja en el pueblo, o en otros pueblos vecinos. Y a pesar de que la emigración hace mella en ellos más que en cualquier otro grupo de la zona.

También cuentan terribles historias de desencuentros. De venganzas antiguas que secaron el alma. Pero prefieren no recordarlas.

También conocí el famoso molino. Es una pieza espléndida. Posiblemente del siglo XIII y aún en activo, aunque ahora se usa poco. Tengo que reconocer que Aurora supo buscar un buen marco para sus encuentros con la hada, aunque se llamara Manuel y fuera de Utrera, un pueblo muy respetable por otra parte. Da igual, el caso es que sentarse en el pequeño acueducto que desvía las aguas del río; oír el murmullo de los árboles que lo rodean y ver las truchas nadando tranquilas o remontando la corriente, fue la experiencia más tranquilizadora que tuve y que he tenido hasta ahora. He vuelto muchas veces desde entonces. Se me ha metido tan dentro que ya no me asombra. Como no me asombra ver mi reflejo en el agua; y como no me asombra ver mis manos juguetear con el anillo mientras mis pensamientos van más allá del anillo y de mis manos. Reconozco, no obstante, que si bien no logré ver a ninguna hada, si creí oír en una ocasión la voz de Aurora llamando apasionadamente a su amante. Y es que la historia de la hada y La Negra no llegó a cuajar en mí, supongo que soy un escéptico depravado y comprendo mejor las rijosidades de una joven con un desconocido, aunque se llame Manuel y sea de Utrera, que los malos efluvios insulares y las poco recomendables compañías de las hadas. Además, no me atraía en absoluto la idea de que un hada estuviera metida en un asunto tan poco edificante. Desde pequeñito me enseñaron que son seres bondadosos, que sólo se dedican a hacer felices a las personas desgraciadas. Aunque pensándolo bien, quizá nuestra hada haya hecho lo mismo y, al menos por unos días, hiciera feliz a Aurora con su cirquero, sacándola de su monotonía y haciéndola sentir todo aquello que intuía y no sabía dónde buscar. O quizá no quería buscar entre aquella gente tan cercana y tan igual a ella. Lo exótico siempre es maravilloso, y a sus dieciséis años, no había conocido nada más exótico que la aparición de aquel circo por la carretera que lleva al puerto, no había conocido nada más maravilloso que aquel mozo, tal vez moreno y zalamero, con la experiencia que recorrer el mundo y vivaquear te da. Los ojos de Aurora lo habrían convertido en algo poco menos que los aventureros de películas que conocía, y cuyas fotos pegaba en el interior de su armario.

El molino, rodeado de montañas y encarando al mar, fue mi lugar preferido desde el primer momento. Si bien la paz completa duró poco. Cuando Juan observó que era allí donde me retiraba, acudía cada vez que podía a instruirme, como le gustaba llamar a nuestras conversaciones. Y si alguna vez me resultó simpática su afición a contar historias, la verdad es que la mayoría de las veces me resultaba molesta su compañía. Era un buen hombre, por supuesto, pero demasiado crédulo. Demasiado fatalista. Me recordaba al coro del teatro clásico griego; siempre portavoz de la voluntad de los dioses, siempre interpretando la voluntad de La Negra. Lo hacía tan vehemente, que llegué a pensar que el único gafe del pueblo era él, y no aquella dichosa isla, sola en su lejanía y sin más pecado que su nombre, que seguro se lo habría puesto Juan.

Published in: on 6 mayo 2009 at 11:15  Dejar un comentario  
Tags:

Más sobre Leonor

La barra está como siempre, algo pegajosa. Es admirable la capacidad que tienen algunos tasqueros para mantener la barra tan asquerosa a pesar de estar pasando el trapo continuamente. Debe ser secreto del oficio, algo que se aprende en algún extraño rito de iniciación. Aún así es difícil de conseguir. Por lo demás no está mal. La misma gente en los mismos bancos. El mismo olor, mezcla de tabaco, cerveza y alguna tapa de cocina que nunca se llegó a identificar.

Pepe friega algunos vasos, es su hora. Eso dice siempre. En realidad no sabemos cuándo es la hora de fregar Pepe. Igual no para nunca, que deja amontonarse decenas de vasos en inestable equilibrio. Forma parte de las tradiciones no respetadas de las que todos hablan. Hay una especie de sentimiento de tradición, falso, pero que sirve para que se sientan integrados en un club selecto y excluyente.

Había mucha tristeza en aquel bar.

Ese fue el mundo de Yago, y era el mundo de Leonor. No tienen otro. No les han dejado otro.

Entró saludando, como siempre hacía. Y todos respondieron, siempre lo hacían. Se sentó en su taburete, como siempre. Y como siempre Pepe le puso una cerveza delante. Todo es como había sido desde siempre. Y sin embargo lo siente diferente. Algo ha cambiado. Por primera vez se dio cuenta de que Yago no estaba allí. Se descubrió mirando hacia el rincón dónde solía sentarse. Y se admiró de poder recordar que era allí, precisamente, dónde lo veía cada tarde.

Preguntó, – ¿Te acuerdas de Yago, el que se sienta en aquel rincón, sabes por dónde anda ahora? Pepe no le supo responder. Nadie sabía dónde estaba ni dónde vivía. Ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo sobre su aspecto. Leonor se sintió aún más triste. Se quedó mirando y tuvo lástima. Nadie debe ser ignorado de esta manera.

Empezó a sonar la música. Llegaron los habituales que faltaban. El mundo del bar empezó a rodar, y Leonor quedó atrapada en la rutina de todos los días. Olvidó a Yago. Es inconstante, tristemente inconstante.

La luz es amarillenta. No sabe si siempre ha sido así, o era el ambiente que estaba muy cargado. Quizá es la noche que entra sin permiso por la puerta abierta. No se deben dejar abiertas las puertas.

La noche en el bar siempre es especial. Tal vez la suma de tantas soledades oscurece un poco el aire. A esa hora todo se calma un poco. También Leonor lo nota. Pasea entre las mesas arrastrando los pies en una danza triste. Bebe con desgana y fuma un cigarrillo tras otro. Mecánicamente. También esta noche lo hace. Sólo que entre las mesas busca a Yago…

Es extraño el amor. Es casi una droga. Crees que puedes dominar a la persona que tan generosamente se ofrece a ti. Y quizá sea cierto. Tal vez se pueda dominar sin límites los sentimientos de alguien cuando se rinde de esa manera. Así lo sentía Leonor. Una fuerza desconocida se había apoderado de ella, y jugaba al juego más peligroso; amar.

Se había enamorado de Yago. Fue su gran equivocación. De momento piensa que es la mujer más enamorada del mundo. Y empieza a sufrir por ello.

Sentirse amada le ha dado la oportunidad de poder fingir amor. Ahora pretende moldear ese amor a su conveniencia.

Mientras paseaba entre las mesas iba formando la imagen de los enamorados. Y empezó a imaginar que también ella había querido a Yago. En silencio; secretamente.

Ese es el poder de sentirse amado. Ese es el poder que ahora experimenta. Y como siempre, ya no distingue la realidad.

Leonor en el bar ama. Siempre ha amado, ahora lo recuerda. Siempre ha estado al lado de él, esperando. Y siempre ha sufrido por ese amor.

Al leer las cartas y comprobar que también él estaba enamorado, se ha sentido feliz.

Ese es el poder de sentirse amado.

8 de enero

Ya han vuelto los niños al colegio. Me han despertado sus algarabías. Y he recordado que también yo debo volver. No puedo demorarlo más. Aunque me duela como nunca tener que dejarte.

He decidido que leas mis cartas. También los poemas, que tantas lágrimas me han costado. Pero por si acaso sólo te mando ésta, quiero que sepas que nunca he dejado de quererte. Ha sido mi desgracia. También mi alegría. No me ha tratado bien la vida. No ha sido culpa tuya, es verdad. Aunque tampoco has ayudado a hacérmela más fácil.

Siempre te he querido, ya lo sabes. No a la Leonor que bebe y escandaliza, sino a la que siente con pasión la vida. He saboreado tu dulzura día a día.

Eres mejor de lo que creen. Mejor de lo que tú crees. Ocúpate de seguir siendo tan maravillosa. No te preocupes de nada más. Y piensa que te he querido como nadie. Que te seguiré queriendo, aunque ya no esté a tu lado.

Tengo que partir, se ha acabado mi tiempo. También a ti te lo tengo que agradecer. Tu amor me ha liberado. Algún día lo comprenderás.

Nunca cambies Princesa.

Yago

Siendo inconstante, como era, no tardó en olvidar el tema. Y se conformó con hablar de su amor por Yago con cualquiera que quisiera escucharla. Cuanto más hablaba, más grande era la pasión que había sentido por él. Todos la creían.

Pasaban los días y el amor de Leonor se hacía legendario. Tanto, que se incorporó a las tradiciones del bar. Se unió a "la hora de fregar Pepe", al "llorón del fondo" y al "espíritu de fraternidad". Tradiciones tan falsas como aquel amor. Pero así son las cosas.

Published in: on 5 mayo 2009 at 11:19  Dejar un comentario  
Tags:

Palabras sobre Leonor

No es fácil escribir sobre algo que no se conoce bien, y a Leonor no la conocía bien nadie. Decir que bebe, que es promiscua, no es suficiente. Todos, incluso ella, llevamos algo dentro que nos hace únicos y especiales. Y Leonor era única y especial.

No fue fácil su vida. De sus tres matrimonios sólo sacó hijos, malas experiencias y la afición por la bebida. Es oscura, no sólo por su vida, también lo es por su interior; amargada, resentida. Ni sus hijos la sacaban de los negros pensamientos que flotaban entre las risas y los sobeos.

Su aspecto, desaliñado, le da un aire de desenfado que no es más que dejadez. Siempre descalza, para sentir la tierra; y siempre borracha, para sentir la vida a su alrededor.

Aún así, desprendía algo de primordial, de esencia primitiva que la acercaba a los instintos. Se mueve por impulsos. Tiene sed, bebe. Tiene hambre, come. Necesita sexo, lo busca con angustiosa necesidad, sin detenerse a pensar en el dolor. Sólo Yago imaginaba las lágrimas que se escondían detrás de tanta lujuria…

No creo que merezca la pena saber más de su vida., nunca la tuvo. Era una persona que envenenaba el aire.

A los pocos días de desaparecer Yago recibió un paquete. No traía remitente. Al abrirlo encontró varias carpetas, con su nombre escrito, y un montón de cartas, metidas en sobres sin sellos.

Le extrañó, aunque no mucho. Hace tiempo que se asombra poco de las cosas.

Al leer aquellos versos fue recordando al extraño personaje. Las palabras fueron resbalando por su alma y la empapó de sentimientos que no recordaba.

Leonor no había leído poesía nunca. No lee nada. Pero le prestó atención a las cartas. Empezó por ordenarlas.

Cogió una cerveza. Encendió un cigarrillo. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, y comenzó a leer:

Querida Leonor…

Sé que no me conoces. Quizá nunca me conocerás, aunque pases a mi lado todos los días, como haces. No echaré esta carta al correo y no tendrás oportunidad de leerla. La escribo sólo para mí. Para hablar contigo sin que nos molesten tus amigos, y sin que des media vuelta y me dejes con la palabra en la boca.

Lo único que tengo que decirte es que te quiero. Sin motivos, sin esperanza. Sólo que te quiero. Y me gustaría ver tus ojos, cuando te asomes a mi alma y veas cómo arde el Lago en la tarde.

Cuando te vi pasar pensé que eras mía. Tú no lo sabes, pero hace tiempo que te observo cuando entras en el bar, rodeada de admiradores que se empeñan en besarte a toda costa. Y observo cómo te dejas hacer; con desdén, con indiferencia. Regalando tú presencia. Y te oigo reír. Tu risa es maravillosa, aunque me recuerda a un grito. Tal vez sea el grito de mi amor, aún no lo sé.

Al verte pasar hoy he sentido algo extraño. Me has parecido más cercana, y he decidido escribirte para decírtelo, aunque no leas jamás esta carta, y aunque no entiendas lo que de mí va en ella.

Cae la noche y tengo que dejarte. Te voy a soñar. Viajaremos lejos, como siempre. Algún día lo recordarás.

Hasta siempre.

A Leonor le resbalan las lágrimas por la cara. Ha dejado la cerveza y el cigarrillo se ha convertido en un gusano gris sobre el cenicero.

Leonor llora.

Aparta el cajón con las cartas, y se observa los pies. Siempre lo hace cuando piensa. Le gustan. Se levanta, camina. Y no hay forma de que recuerde quién es Yago. Y le duele. Tendría que preguntar en el bar. Tendría que hacer tantas cosas…

No sé si debería seguir. A veces pienso que es inmoral inmiscuirse de esta manera en los sentimientos de los demás. Quizá la excusa literaria no sea suficiente.

He dicho que Leonor es oscura; no es verdad. Quizá su luz no se vea. Quizá su amor sea tan profundo que cueste llegar a verlo. Pero allí está. No me refiero al amor por sus hijos, eso se le supone, es una buena madre. Es al amor-raíz, el amor-agua, el que esconde con vergüenza. Y tanto tiempo lleva haciéndolo, que ya no recuerda dónde lo dejó. Tal vez en alguna barra, o en algún hotel. O al salir de la iglesia, la primera vez que se casó. Lo mismo da. Se viste de "Leonor" cada día, sale a la calle, y representa su papel como una profesional. Como todos. Como Yago, cuando paseaba para verla, sabiendo que no le haría ni puñetero caso. Leonor no existe. Ninguno existimos, o somos tantos a la vez, que el resultado es el mismo.

Cuando Leonor leyó la primera carta, sintió que estaba rota. Por eso lloró.

Quedaban muchas cartas por leer. Leonor rota no es capaz de seguir adelante. Leonor rota necesita esperanzas y no sabe dónde encontrarlas. O quizá sólo necesita una; sólo una, que la salve.

Leonor rota da vueltas; fuma, bebe, se mira los pies mientras piensa. Leonor rota ya no está. Y sin embargo decidió ir al bar para preguntar por Yago. Alguien sabría algo de él.

Published in: on 1 mayo 2009 at 13:50  Dejar un comentario  
Tags:

“La Negra II”

En aquella taberna un viejo marino llamó mi atención sobre la isla, que se divisaba en el horizonte a través de la cristalera. Con el trastorno de la avería, la inseguridad del mecánico y la inconveniencia de tener que quedar varado en aquel puerto, no había reparado en aquella presencia lejana.

Hay que reconocer que envuelta en la bruma, como estaba, tampoco era fácil verla para un forastero. El caso es que Juan me la señaló, y como si me hiciera una confesión, me susurró al oído que aquello había causado todos mis problemas. Llegó a asegurar que por culpa de La Negra había acabado allí con él y que alguna desgracia me había puesto en camino hacia aquella zona tan alejada de cualquier parte.

Evidentemente Juan no sabía nada de mi vida, y yo, a pesar de la caña que tenía en el cuerpo, no me había permitido ningún desliz. Sólo era la primera vez que nos emborrachábamos juntos, y aunque la confianza aumentaba, no era aún la suficiente como para contarle que el trabajo no iba bien, y debía buscar clientes desesperadamente. Eso, o tendría que cambiar el lujoso coche por una pequeña barca y dedicarme a la pesca de la sardina en noches claras de verano. Tampoco tenía porqué contarle, y no lo hice, que mi novia me había dejado por un doctor de clínica privada, más ejecutivo que médico. Y por supuesto no le conté nada de mi poco afortunada aventura con una jovencita, poseedora de todos los encantos, de buena familia, y que resultó ser el hijo menor de mi jefe; que compaginaba los estudios de Arte Dramático con aficiones nocturnas un tanto peculiares. La relación con Alberto, que para mí era Rosa Mari, fue tumultuosa aunque breve. Tras una discusión por celos, como casi siempre, se empeñó en presentarme a sus padres. Yo accedí, estaba en plena reconciliación y dispuesto a darle a Rosa Mari todo lo que me pidiese. Todo empezó a ir mal cuando reconocí la casa dónde me llevaba. Y todo terminó cuando me presentó a mi jefe como su padre. Y no es que don Alberto no me quisiera como yerno, que sí me quería, y se le veía muy contento al hombre al ver a su hijo feliz. Fue sólo que me dio miedo pensar que podía acostarme con Rosa Mari y levantarme con un camionero que se pelearía conmigo por las maquinillas de afeitar. No obstante, a don Alberto no le pareció bien que dejara a su hijo, aunque me comprendía -según me confesó- pero la familia es la familia y tenía que proteger a Albertito. De manera que aprovechando una bajada en los negocios, me mandó al norte para buscar proveedores de cocotxas y poder abrir una planta de fabricación de extracto seco de cocotxas para perros. El futuro. No quedarían ningún Albertito ni ninguna Rosa Mari que no les quisieran dar cocotxas a sus animalitos.

Juan, por su parte, sí se permitió alguna distracción conmigo, Y pude enterarme, un poco de tapadillo, de la desdichada historia de Aurora, la madre del “hijo de La Negra” y la hija de Montxo, el gentil tabernero que me ofreció su casa y que se dedicaba con esmero a proveerme de aguardiente de caña, el verdadero elixir de la vida, según él. El caso es que Aurora, por entonces una joven de dieciséis años, empezó a frecuentar el molino que hay a las afueras del pueblo. Un antiguo molino que aprovecha el agua del único río que baja por la montaña y donde, según dicen, habitan las hadas. Por supuesto en uno de sus pozos está escondido un tesoro que en tiempo de los moros guardaron para que ellos no lo encontraran. Tan bien lo guardaron, que hasta hoy nadie ha sido capaz de dar con él. Pero bueno, esa es otra historia. El caso es que Aurora empezó a frecuentar el molino, y cada vez a horas más intempestivas. Más de uno la vio volver sobre las dos de la madrugada y con una extraña sonrisa. Sonrisa que unos decían de felicidad y otros que se debía al trato con las hadas que allí vivían. Y como a nadie le gusta interferir en las relaciones entre un mortal y un ser sobrenatural, a Aurora la dejaron tranquila con sus paseos nocturnos. Todo iba bien; Montxo contento porque un ser maravilloso había elegido a su hija por amiga. Su madre, porque pensaba que todos los mozos querrían ser novios de una moza que tiene tratos con una hada; y por supuesto Aurora, que en los ratos en los que no estaba en el molino, servía en la taberna con una alegría que nadie le recordaba. Todo iba bien; hasta que una noche Aurora no salió, como de costumbre, a dar su paseo al molino. Se quedó en casa, triste, encerrada en su habitación llorando y sin querer hablar con nadie. Montxo se asomó a la ventana y vio como La Negra se recortaba, más negra que nunca, sobre el horizonte; Iluminada por una espléndida luna, que si ni hubiera sido por tan mal agüero, hubiese sido una delicia para los pescadores. Esa noche fue -precisamente esa- la noche en que la joven Aurora comprendió que estaba embarazada. Y tan lejos llegó la mala influencia de la isla que Juan recordaba, incluso, que el circo que estaba acampado al lado del molino abandonó el pueblo, dejándolos a todos sin alegría; no hay espectáculo más alegre que el circo, como todo el mundo sabe.

Pasaron los días sin que las piezas de recambio llegaran. Mi amistad con Juan fue en aumento, y mi afición al aguardiente de caña, gracias a Montxo, se hizo casi patológica. Todo perfecto. Durante algún tiempo, mi estancia se prolongó casi un mes -¡y aún tuve suerte!-, nadie sintió la necesidad de hacerme más comentarios sobre la dichosa isla. En esos días de aparente calma, pude disfrutar del pueblo. De su paz, cuando todos pescaban; de su algarabía, cuando volvían de dejar el pescado, y los jóvenes jugaban al futbolín, el único que hay en el pueblo; cuando los mayores agotaban las existencias de aguardiente, soportando las impertinencias de Manolito. Ese era el verdadero nombre del “hijo de La Negra”. Algunos escépticos, siempre los hay, pensaban que el nombre del niño podía orientar sobre el causante del embarazo de Aurora. No era muy corriente ese nombre allí, de hecho ningún habitante se llama de esa manera. Y dentro de los escépticos, los más depravados, recordaban que un mozo del circo que acampó hace unos años se llamaba Manuel. Naturalmente hacían oídos sordos, y sonreían maliciosamente dando a entender que se trataba de habladurías de quienes no pudieron llevarse a Aurora al catre.

Published in: on 30 abril 2009 at 9:41  Dejar un comentario  
Tags:

“La Negra I”

Alzando la vista, justo desde el promontorio, se puede ver en los días claros la isla. Nunca pasó de ser una vista bonita. Como mucho una fuente de leyendas en un pueblo donde, la leyenda, forma parte de su idiosincrasia. Existen varias versiones sobre su forma. Depende, más que nada, de la edad y procedencia de quién te lo explica. Para mí, sólo era un pequeño peñasco en medio del mar, sin ninguna forma definida. Una isla como millones de islas que ocupan los mares.

Es verdad que algunas noches, la Luna, le daba un aspecto extraño. No voy a decir fantasmagórico, sería demasiado sencillo. Además, tampoco era esa la imagen que me daba; no inspiraba miedo, sino más bien inquietud. Sin saber porqué, en algunas ocasiones, un escalofrío recorría mi espalda cuando la Luna aparecía entre las nubes y dejaba entrever aquella silueta recortada contra la negrura del mar. En esos pocos momentos recordaba todas las historias que había oído sobre su trágica influencia; no sólo causando naufragios, eso forma parte de la historia de muchos islotes cuyas aguas son traicioneras, y hay que ser buen marinero para no llevarse un disgusto. Su mala influencia alcanzaba a las personas, no a las cosas. En ese sentido era una maldición con presencia física. La localización geográfica de la mala suerte, como en algún lugar había oído decir.

En la taberna se discutía, a veces, sobre si tal o cual desgracia había coincidido, o no, con la noche clara en la que se divisaba nuestra isla. Los marineros del pueblo siempre decían nuestra isla, nunca la llamaban por su nombre, que naturalmente todos conocían. Como mucho la nombraban con el apodo de La Negra. Quizá nombrándola así pensaban en exorcizar su mala influencia. Después de todo, en el pueblo, casi todos llevaban un apodo familiar a cuestas. Llamarla La Negra la acercaba a su cotidianidad, y la desnudaba de toda consideración maligna que su verdadero nombre tenía. No voy a decir cuál es, todavía, para no interferir en el relato; si diré que no es un nombre precisamente tranquilizador.

Fuera de la influencia del pueblo apenas se la conocía y, mucho menos, se llegaba a considerar que pudiera interferir en la vida de las personas. La verdad, no sé por qué causa, allí se la teme tanto y en el pueblo vecino ni se la mira. En la historia local no pude encontrar ninguna explicación. En sus muchos años de existencia tuvieron invasiones, catástrofes naturales, periodos de bonanza económica, largos periodos de olvido; como cualquier pueblo pesquero del norte. Añorado siempre por los que tuvieron que abandonarlo, y relegado a un segundo plano por las autoridades encargadas de su desarrollo. En fin, en el contexto histórico nada justificaba la leyenda de La Negra. Ni siquiera un mal naufragio, o un puerto secreto de piratas, que me hubieran estimulado aún más para ponerme a escribir. Tenían una historia tan anodina, que sólo interesaba al Cronista Oficial, y al vencedor de los Juegos Florales que una vez se celebraron en sus fiestas patronales y que nunca más se volvieron a convocar.

La “Historia no Oficial” era otra cosa. Todos sabían –aunque ninguno se atrevía a proclamarlo abiertamente- que las desgracias del antiguo señor del pueblo, incluyendo los cuernos que su señora esposa le puso con un mozo lugareño, se debían sin lugar a dudas, a la presencia de La Negra. También se hablaba, un poco a escondidas, de la “mala suerte” que tuvo la hija del tabernero cuando, en una noche de Luna clara, quedó embarazada. Por la mala influencia de La Negra nunca supo quién era el padre de la criatura que martirizaba a los parroquianos cuando iban, con la mejor voluntad, a tomar unos vasos de aguardiente antes de embarcar; o después de bajar el pescado, cada vez más escaso, para tratar de olvidar que al día siguiente tendrían que volver a la mar, ¡y que no falte! Como alguno diría. La criatura en cuestión también tenía nombre, como era de esperar, sin embargo todos le decían el “hijo de La Negra”.

Y por supuesto, esta vez no hablaban en voz baja, la tendencia extraña del sobrino del cura, a quién sorprendieron hace unos años con un joven de la ciudad en actitud poco honorable al final del malecón. Actitud que los menos respetuosos no dudaron en calificar de mariconeo, pero que todos achacaban a La Negra. Recordaban que el día en que nació el muchacho se la podía ver con toda claridad recortándose sobre el horizonte.

Tan mala influencia no dejó de llamarme la atención desde el primer momento; desde que oí hablar de ella. En el bar., cuando fui a llamar por teléfono y pedir una grúa para remolcar mi coche, alguien dijo que La Negra se podía ver entre la bruma. No fue la referencia a la isla, que en aquel momento me era desconocida, lo que me llamó la atención, sino el tono lúgubre que se empleó. Aunque es ahora cuando comprendo lo lúgubre que era el tono; en aquel momento me pareció más socarronería, más mala uva de gente de pueblo sobre un pobre hombre de ciudad que, a pesar de llevar un gran coche, no sabía dónde se metía. Y por supuesto no sabía que las averías no son cosas de duendes mecánicos, sino de islas innombrables que pueblan los mares y los horizontes de algunos pueblos marineros un tanto peculiares.

No sé si por la influencia de La Negra o por la ineptitud del mecánico -que sólo conocía los motores diesel de los barcos- tuve que quedarme varios días en aquel dichoso pueblo. Aunque siendo sincero, tampoco me importó mucho. Era, y es, un pueblo bonito. Típico en todos los sentidos. Si tuviera que describir un pueblo pesquero del norte con todos los tópicos, estaría describiendo a mi pueblo; desde aquel día lo adopté como mío. No les pedí permiso a sus habitantes, pero creo que no les ha importado. Después de todo estaban tan preocupados con La Negra, que uno más les venía bien para compartir la mala suerte.

Durante mi primera estancia, y mientras llegaban las piezas de repuesto, viví en la taberna. Y digo viví en el sentido literal de la palabra. Allí comía, bebía, dormía; y entre vaso y vaso de caña, que al parecer es lo único que aleja algo la mala influencia de la isla, charlaba con todo bicho viviente que quisiera contarme algo.

Así pude enterarme de cuando era la mejor época para pescar la sardina; o que las cuerdas de los barcos no se llaman cuerdas, sino cabos. Me hablaron de los problemas con la Lonja y lo caro que les ponen el gasoil, cuando a los agricultores se lo ponen más barato y además les dan subvenciones.

Me hablaron de viejas rencillas -nadie recuerda como surgieron- que separaban familias; aunque reconocían que cuando la pesca es mala y el hambre aprieta, se olvidan un poco esas cosas y procuran ayudarse. Lo suficiente para no perder la dignidad y que la ayuda no parezca caridad. La gente de la mar es muy orgullosa. Es otro tópico de los que había oído hablar; ahora sé que es cierto. Lo sé y lo comprendo. Hace falta mucho orgullo para malvivir peleando la comida al mar. No son como los asalariados de los grandes buques, que aunque también asumen riesgos, no sufren de la misma manera la tiranía del mar. Hace falta mucho orgullo para malvivir viuda y sacar adelante a los hijos sabiendo que seguirán los pasos del padre para, un día, reunirse con él en el mismo sitio. Y quizá trabajando para el mismo patrón.

Published in: on 29 abril 2009 at 12:32  Dejar un comentario  
Tags:

Evocación

Comprendía todos los pasos del baile. Recordaba la vida esencial a la que se refería. La canción sonaba en sus oídos como la primera vez. El ritmo volvía su pensamiento ligero. Y ella, Dorada, se enroscaba en su rama lascivamente, olvidando su deber. Nadie había entrado nunca en aquel dominio. Nadie había presenciado la danza ni oído la música. Nadie se había tumbado nunca en aquel claro cálido, rodeado de árboles y de luz. Fiel, como las estaciones, vigilaba para que aquello no sucediera sabiendo que él llegaría.

Alguien dijo -¡Vive!- Y el coro entonó su letanía cansinamente. Los jóvenes bailarines danzaron al Sol recordando tiempos que no existieron. Que aún no han existido. Y a su alrededor todos jugaron un juego recién estrenado. Las caricias, que furtivamente se regalaban bajo los árboles, les llevarían al final. Mientras, los jóvenes bailarines siguieron su danza bajo un Sol Blanco curioso del espectáculo nuevo que se iba desarrollando en el Bosque.

El baile no tardaría en despertar el recuerdo. El tiempo del que habla la canción; las Lunas Roja y Negra sobre el mar. La sangre que invade como una ola los ojos y los ciega. El dolor; la soledad. La sola soledad que nos hunde en la negrura más espesa. Todo despertará con él. Y ella tendrá que abrirle el camino. ¡Cuando ocurra!

La risa le llegaba lejana. Desde su rama, Dorada, los juegos inocentes de los bailarines no servían sino para entristecerla aún más. Aquella especie de encanto que repartían entre saltos y piruetas, aquel sentimiento de felicidad que pretendía envolver al claro, eran para ella como lagartos que arañaran los muslos de la doncella. Como perros que saltaran a la garganta para arrancar el último hálito, la última esperanza.

A veces un reflejo se movía entre las hojas. A veces una caricia subía hasta su rama. A veces una nota la despertaba de su sueño y la hacía reír. A veces la risa tronaba en el Bosque como un dios. Y la canción se detenía para oír el latido, sólo uno, que hacía temblar los árboles. Y, a veces, se estremecía presintiendo el momento. Entonces los reflejos dorados parecían trozos de fuego amenazantes, y se retorcía en la entrada mirando a la Luna Roja con los ojos llenos de lágrimas. A veces, cuando ocurría, cantaba la canción más triste jamás oída. El Bosque entero se detenía ante aquel lamento que surgía de sus entrañas. Los ríos pausaban sus cauces y las aves blancas se acercaban a los bailarines para soñar. Cuando eso ocurría, el mar lloraba aquel destino y a su víctima. Nunca sería Reina. Ni siquiera la Maestra de aquel que debía despertar. Su conocimiento no era sino camino. El camino que no conduce a ninguna parte. Que no trae noticias ni lleva peregrinos. Que ni va ni viene. Que está. Sólo está.

Otro; un pequeño dios que en nada se le puede comparar, era el que debía mostrar ese camino. Era otro quién debía surgir nuevo de entre aquel tiempo que no existe. Otro quién debía recordar historias que no han existido. Otro el maestro de aquellos jóvenes que ahora bailaban una canción que no entendían.

A veces, el sueño, la hacía olvidar y el Bosque recuperaba su respiración tranquila. Y las olas volvían a la orilla como si no ocurriera nada. El sueño la transportaba a su mundo visceral. La reencontraba con su corazón perdido en otros despertares. Y su ir y venir marcaba la pausa de la existencia. El mundo entero parecía respirar con ella la paz de ese instante. Todos reconciliaban sus vidas, y los bailarines volvían a su danza y el coro a su letanía y el Sol Blanco a mirar con alegría los juegos y la Luna Negra a reinar más allá del mar. Más allá de las montañas que protegen al Bosque del viento del Norte. Cuando ella duerme, todo alcanza su sentido. La canción suena sola, independiente. Vive; sin más. Se eleva y se pierde nota a nota. Jugando otro juego. Sonando para otra danza invisible. Pensando coreografías imposibles para seguir viviendo. Cuando ella duerme todo es posible. Todo es posible; sólo lo que es necesario se olvida.

Y otro latido suena. Y las ramas se estremecen bajo el peso dorado de la durmiente. Y otro. Y se agita el tiempo en los corazones. Y otro. Y se levanta el mar entre las rocas. Y lo necesario y lo posible se unen en una agonía sin límites. Cuando el ritmo surge del corazón de la durmiente la vida se desgrana espléndida por el claro, y la fiesta continúa. Y vuelven a bailar la danza que deben bailar. Y acarician los cuerpos que se ofrecen al Sol con la lujuria inocente de la primera vez. Cuando el ritmo surge del corazón de la durmiente, toda oro en su rama, nadie alcanza el claro sin sentir la muerte. Nadie oye una pena tan grande como el latido de la durmiente.

Toda la lluvia se derramó, cálida, sobre el Bosque. Lúbrica, relucía entre las esmeraldas de la entrada. El llanto subía entre vapores como hálitos moribundos. Acurrucados entre rocas murmuraron su desgracia. Su dolor no conocía límites. Sus cuerpos firmes les parecieron lúgubres espectros que vagaban entre las sombras de las ramas. La felicidad duró justo el tiempo de ser feliz. Sólo ella, dorada en su rama, recordaba la alegría de aquellos momentos. Las bocas viajaban como expertos exploradores. Ningún rincón quedaba oculto a la curiosidad de sus lenguas. Sus miembros se trenzaron en danzas agitantes que cubrían de sudor los hombros. Y los pechos descubrían la respiración primera que los igualaba a ella. El coro lloró la soledad de los amantes y los bailarines se unieron de nuevo a su alrededor.

Alguien dijo -¡Ama!- Y se revolvió con furia en su rama. El momento se acercaba y sentía miedo. El suelo húmedo era un magma primigenio que albergaba los temores de su corazón. Ya nada le alegró. El amor que despertaba entre el dolor de los bailarines era su propio fin. ¡Cuando ocurra! Y siguió cayendo la lluvia, triste, sobre tanta hermosura.

Los cuerpos que se le ofrecían tenían el olor del destino. La danza que a todos alegraba parecía, a sus ojos, el lento desfile de plañideras que tantas veces había recorrido aquel claro llamándola; pidiéndole un consuelo que nadie puede dar. ¡Cuando ocurra!, ¡Cuando despierte! Y ahora que un temblor la recorría desde la raíz, sentía el miedo de lo inevitable.

Con su canción triste el coro ayudaba a la gran cópula de los bailarines. La lucha que se representaba acercaba, cada vez más, el momento del despertar. Ni su latido vivo, ni su respiración que abrazaba a las criaturas acunándolas. Ni su esplendor dorado podía ya detener aquel movimiento que subía entre notas y sudores.

Alguien se retorció can ansia. Alguien sacaba fuerzas de aquellos cuerpos que gozaban sin pudor entre la lluvia y el miedo. Y en su rama lloró. Todo sucedía como debía suceder. Todo ocurrió como desde siempre había ocurrido. La gran rueda inició su giro sin esperar a que ella diera permiso. Su tiempo terminaba y debía acabarlo. ¡Ama! Y el Bosque entero se hundió en la desesperación.

Las Lunas Rojas y Negra, vida y muerte, asomaron entre las montañas abandonado un mar agitado y mortecino. La sangre, toda la sangre, la cubrió como un velo a una novia. Y el amor de los bailarines la hizo caer envuelta entre el frío viento del Norte.

El girar de la rueda se sucedía implacable. La lluvia siguió besando los cuerpos que se doblaban de placer en el Bosque. A cada caricia, a cada gemido, a cada estertor, se acercaba un poco más a su destino. Y con cada grito de placer él iba despertando un poco más. La conjunción se completaba.

Con gran majestad se deslizó sobre el árbol. Acercándose a él, puso la boca en su oído y fue destilando todo lo que había guardado dentro de sí. El ciclo había llegado a su fin. Y de nuevo se encaramó a su rama; a esperar. Dorada Reina; sin saberlo. Cubierta con el manto blanco y la mancha roja de sangre, sobre las esmeraldas brillantes de la entrada, era la imagen misma del tiempo. Y él, nuevo, se unió a los bailarines que recordaron por qué bailaban aquella danza antigua; y al coro que comprendió su canto.

Alguien dijo -¡Muere!- Y quedó solo. Su recuerdo le dolió como una pena antigua. Lo posible y lo necesario se unieron ante él con la claridad de la luz. De esa luz que sólo a ella le recordaba. Y añoró aquel cuerpo dorado como a una madre. Sólo el Bosque pareció comprender lo que ocurría y poco a poco lo fue rodeando con sus brazos. Lo fue acunando como ella hubiera hecho. El cielo, triste de lluvia, gris, pesado como una lápida, contempló el espectáculo que ofrecía.

Cesó la danza y enmudeció el coro. ¡Muere! Seguía temblando en el Bosque la orden, Y su eco se iba perdiendo entre los corazones. Ahora que conocía el camino, el frío del amor se lo cerraba. La respiración de la durmiente le quitaba el descanso y su latido lo empujaba a través de la senda que se abría ante él. Y recordó lo que había oído como una oración. La recordó a ella ante él, deshaciéndose en palabras como leche que le alimentara. Al final sólo eso había quedado; una frase. Una sentencia que retumbaba en su interior y le abría el camino de par en par: “Has de morir en la vida para vivir en la muerte”.

Cubierto con la lluvia, como un manto, avanzó hacia el interior con la cabeza erguida. Rey de un reino solitario. Maestro de acólitos que nunca llegaría a conocer. Hermano de aquella que reposa en su rama verde y baña de oro el claro. Poco a poco se fue perdiendo sin mirar atrás. Con la canción en el corazón y la sonrisa del tiempo en su rostro. Y la paz. Y sobre todo su recuerdo. El amor que sentía hacia esa criatura casi etérea. Primordial, elemental. Hija del mundo y del sufrimiento del mudo. Sola como nadie y Madre de tantos.

Tras de sí, el camino se fue cerrando como si nunca hubiera existido. El silencio lo cubrió todo, como la noche. El recuerdo de aquel Hombre se fue borrando de los corazones.

Alguien dijo -¡Vive!- Y el coro entonó su letanía cansinamente. Los jóvenes bailarines danzaron al Sol recordando tiempos que no existieron. Que aún no han existido. Y a su alrededor todos jugaron a un juego recién estrenado. Las caricias que furtivamente se regalaban…

Published in: on 28 abril 2009 at 12:19  Dejar un comentario  
Tags:

Desaparecer

No hubo claridad que lo deslumbrara cuando salió a la calle. Siguió su camino con la certeza de que todo seguiría igual. Nada cambiaría nunca. Las sorpresas quedan para las películas y las novelas. La vida, por desgracia, no deslumbra cuando caemos en ella. Y caminó calle abajo. El gris de las nubes y el aire frío de la mañana no lo vieron. Ni siquiera la calle sintió sus pisadas mientras desaparecía. Fue su única verdad; desaparecer. Y lo hizo sin ruido. Como hace un perro para morir. Como hizo él aquella mañana bajando la calle vacía. Atrás dejó buena voluntad. Sólo buena voluntad pudo dejar a los que quedaron en la casa. Pero la voluntad no basta cuando la vida está en juego. A nadie le interesa lo que quieres sino lo que haces, y cuando la conjunción de hacer lo que quieres no se produce, algo se rompe. Algo que ya no se puede recomponer. Se rompe el hilo que nos sujeta unos a otros. Sin ese hilo simplemente nos soportamos.

Cuando bajaba la calle ya no le interesaba soportar más. Llevaba demasiado tiempo haciéndolo. Cuando bajaba la calle, siempre se bajan, sólo quería desaparecer. No dejar tras de sí ningún rastro de su existencia. Todo había sido un monumental error. Se alejaría a través del tiempo y se disolvería en el aire como el humo de los cigarros que ya no fuma. ¡Cuánta falsa apariencia de vida! ¡Cuánto aparentar normalidad para que todo parezca normal!

Pero nadie desaparece cuando quiere, sino cuando lo dejan. Y a él no lo dejaban aún. Tenía que seguir sufriendo el hastío hasta pagar la deuda que había contraído con la puta vida. Siempre se pagan las deudas, aunque creamos que se olvidan en un rincón hasta el día del Juicio. A ese momento, si se produce, llegaremos con la pena cumplida. También la Justicia Divina sufre retrasos.

Se alejaba. Le hubiera gustado hacerlo sin mirar atrás. Con dignidad. Pero ya no le quedaba. Y lloraba recordando lo que dejaba. Y lloraba esperando que alguno lo detuviera. Bajaba solo con su llanto. Alejándose despacio, con débiles pasos. Soportando el peso del vacío de su existencia. Soportando la más absoluta de las desesperanzas, la que surge de la certeza de la verdad. Soportamos mejor la mentira. Siempre se puede mentir una nueva mentira que nos reconforte. La verdad es inamovible. Única. El universo entero gira a su alrededor. Y no se puede cambiar por otra verdad que nos sostenga, que nos caliente en sus brazos mientras descansamos de la insoportable cotidianidad; de la insoportable rutina de vivir. Justificar lo injustificable sólo porque lo tenemos delante y tenemos que convivir con ello.

La verdad es el peor de los tiranos y sin embargo la adoramos como a un dios. Y maldecimos la mentira que rompe sus lazos. Que rompe sus cadenas y nos unta el bálsamo en las muñecas.

Bajando la calle sólo llevaba el vacío. Nunca tuvo verdad. Y las mentiras se las arrancaron como cuando descuartizan a un animal. Lo fueron haciendo una a una, despacio. Con una sonrisa le cambiaron el mundo y lo condenaron a ver la verdad. Lo condenaron a la suprema inmovilidad del vacío. Con una sonrisa le cambiaron su dignidad por la soledad. Por la nada. Por la verdad de su existencia.

Tal vez otro hubiera soportado verse en ese espejo. Él no podía soportar tener delante la continua recriminación de una existencia perdida en algún rincón de algún camino. O tal vez perdida en algún camino de alguna otra vida. No lo sabía. Y probablemente tampoco le importaba.

Vacío, soledad, mentiras. Una calle que baja y un cielo que mira, cubierto de nubes, como se aleja. Y algún trozo de sueño que se le quedó pegado a las ropas. No había nada más. Habría que suponer un llanto en algún sitio. Una lágrima que recordara que también él pasó por la vida de alguien dejando su huella. Sin embargo eso hubiera supuesto esperanza; no se podía permitir el lujo de la esperanza, aunque fuera para que lo acompañase en ese último viaje calle abajo. En alguna vida su huella desaparecería también, y ni siquiera su recuerdo permanecería para dar testimonio de su ausencia

La existencia se reducía a un eterno bajar la calle; un eterno desaparecer entre jirones de verdad arrojados a la cara para herir. No se deslumbró al salir. Quizá el cielo tuvo el único gesto d compasión y tapó la insufrible vanagloria del sol para no ofender tanta soledad. O quizá fue su día de suerte, el único que había tenido, y coincidió el nublado con su viaje, para que no le costara tanto caminar.

¿Cómo es posible soportar tanto sin volverse loco? Sé que después dijeron que sí lo estaba; que siempre lo había estado. No era verdad. Le hubiera gustado estarlo. Veía en la locura una salida honorable. Desgraciadamente nunca estuvo loco. Y salió a la calle como quien cumple una promesa. Como quien sabe poner fin a su carta sin parecer que la ha acabado. Salió con la determinación de borrar su conciencia de ser, la materia de su ser. De acabar con la historia que pudiera recordarlo vivo. Con las historias que pudieran recordarlo vivo dentro de otras vidas.

Salió a bajar la calle porque el ahogo en la casa no compensaba tanto daño. Salió porque no creía justo tanto castigo, aunque el pecado fuera grande, muy grande. No recordaba haber elegido esta existencia y no era justo tanto castigo. Le había faltado libertad para pecar y sin embargo a nadie parecía importarle ese detalle. Se ahogaba dentro sabiendo que la calle esperaba desde hacía tiempo.

En el vacío de su cabeza; en algún rincón del alma, si es que la tenía, guardaba el recuerdo de un camino. Recordaba haberlo recorrido sin miedo y sin rencor. No era como la calle que tenía delante, pero se le parecía bastante. Y decidió volver a recorrerlo. Sólo que ahora sentía frío. Tanto le habían quitado, que la piel sola no bastaba para abrigar su cuerpo. Tampoco encontró a los compañeros que una vez se le unieron en su caminar y que hicieron agradable el camino. Compañeros amables que con toda certeza recordaba haber querido. Había amado aquella compañía cómplice que socorría y ayudaba sin preguntar. Y sin recompensa. Sólo porque estaban allí. Y amaba la yerba que acogía los cuerpos cansados y sudorosos. Recordaba la verde yerba, que nada tenía que ver con la dureza de la acera por la que bajaba aquella calle, tan parecida a su camino.

En algún rincón del vacío de su cabeza recordaba haber pensado en la mentira de su camino. En algún hueco del dolor de su alma recordaba aquella mentira sosteniéndolo mientras la vida le cortaba los pies. Su mentira de su camino fue lo único que lo acompañó calle abajo, hasta la fuente de la plaza. Allí el agua jugó a bendecirlo y a perdonarlo; como si eso fuera posible. Ni toda el agua caída de los cielos, ni toda el agua llorada en los mares podrían nunca perdonar. Sólo se perdonan los iguales, y el agua no era como él. El agua ahonda la tierra marcándola, hiriéndola hasta surcarla de vida. Arrugándola en el tiempo antiguo en el que todo se estrena. El agua deja huellas que se ven, que se sufren, que te dicen que estás vivo porque se ve pasar el agua por el camino. Y modela el suelo a su antojo con mano caprichosa sólo para que todos vean que puede hacerlo.

Cuando llegó a la fuente y el agua jugó a ser Dios ya nada significaban para él las palabras que derramaba en sus oídos. Cantaba canciones que en otro tiempo le hubieran agradado. Ahora la música se le antojaba gritos de desolación de otras almas, nunca tan apenadas como la suya, pero también maltratadas por la verdad opresiva. Por la verdad castrante a la que todos rinden pleitesía. Almas disueltas en el aire de la fuente como él quería llegar a ser.

Published in: on 27 abril 2009 at 12:55  Dejar un comentario  
Tags: